JESÚS NO PASA INADVERTIDO
Una mujer sirofenicia
Se postra a los pies de Jesús y le ruega que salve a su hija poseída.
Para orar necesitamos prepararnos desde estas actitudes:
Reconocer delante de quién estamos.
Esta mujer reconoce que está ante Dios, que puede salvar a su hija.
Actitud de postrarse ante Él, de súplica, de sinceridad, de humildad; actitud de fe y de esperanza, porque está segura de que Jesús salvará a su hija. Actitud de confianza, porque está delante de Aquel que la conoce y la ama profundamente.
Está segura de que Dios acoge a todos sin hacer acepción de personas, aunque ella sea una mujer pagana. El amor de Jesús es un amor misericordioso con todos aunque nos sintamos como ovejitas negras necesitadas del amor de Jesús.
Señor, gracias porque yo tampoco merezco el pan de la Palabra que me das cada día. No merezco tanto mimo y cuidado con mi vida. Saber que todo lo que te pido me lo concedes me hace vivir profundamente agradecida.
Sobre todo, quiero creer que en mis peticiones por las personas que quiero mucho, y cuyo corazón está enfermo, Tú tienes el poder de salvarlas.
Gracias, Jesús, por acogernos a todos, por tratarnos a todos por igual.
Reflexión (Papa Francisco)
Describiendo la escena, vemos a una mujer griega desesperada porque quiere salvar a su hija, postrada a los pies de Jesús. Él responde: «Deja que primero se sacien los hijos».
Una respuesta con palabras muy fuertes para salir de la boca de Dios.
Pero Jesús parece aún más duro cuando dice que no está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perros; es decir, el pan destinado a los hijos de Israel, a los hijos de Dios.
Sin embargo, esta respuesta de Jesús a la mujer griega es para regalarle algo importante; esa respuesta fuerte es para ayudarla.
La actitud de la mujer es completamente suplicante, llena de fe, porque creía que Jesús salvaría a su hija; llena de esperanza, porque confiaba en que Dios la escucharía; y llena de amor, porque estaba a los pies de Jesús solamente porque amaba a su hija.
Parece que la fe, la esperanza y la caridad son los elementos que necesitamos para que Dios nos conceda lo que pedimos. Pero Jesús nos ayuda constantemente, como ayudó a la mujer griega, para que nuestra súplica esté llena de una sincera humildad.
Estar a los pies de Jesús parece un acto de humildad, pero en realidad no lo es del todo, porque ella, por ser quien era, no merecía estar allí; era una pagana ante el Dios judío.
¿Cuántos de nosotros merecemos estar a los pies de nuestro Señor?
¿Cuántos de nosotros tenemos el honor de ser llamados hijos de Dios?
La mujer, por la respuesta de Jesús, comprendió que no merecía el pan de Dios, que no tenía derecho a pedirlo; pero si algo sobraba, sabía que podía recibirlo.
Llegó a conocer que el amor de Dios es tan grande que siempre acoge a todos. Conoció el amor que Dios nos tiene.
Esto es lo importante en nuestra relación con Dios: saber que, aunque sea pecador, siempre me dará de su pan, de su amor; y que toda respuesta o silencio de su parte es para que yo crezca en el conocimiento del amor que Él me tiene.
Una sincera humildad, regalada por Dios, me ayudará a creer, confiar y, sobre todo, a amar al Amor. Me ayudará a levantarme de los pies de Cristo con mi hija curada o no, pero con la certeza de que Dios me ama.
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