domingo, 14 de junio de 2026

La Gratuidad de Dios

«Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis» (Mt 10,8)

Gracias, Jesús, porque en ti reconocemos a un Dios gratuito, generoso y fiel a sus promesas, que ama sin esperar nada a cambio.
La gratuidad es una de las características más hermosas de tu amor. 
Todo lo recibimos de ti: la vida, la fe, la salvación y la santidad. 
No llegaremos a ser santos por nuestros propios méritos o esfuerzos, sino por el don de tu gracia.

1. Elegidos gratuitamente para ser un pueblo santo
«Seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa» (Ex 19,6).
Moisés subió hacia Dios, y el Señor lo llamó desde el monte diciendo:
«Vosotros habéis visto lo que hice con Egipto y cómo os llevé sobre alas de águila y os traje a mí. Ahora, pues, si escucháis mi voz y guardáis mi alianza, seréis mi propiedad personal entre todos los pueblos, porque mía es toda la tierra; seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa».
La elección de Israel no fue fruto de sus méritos, sino del amor gratuito de Dios. 
También nosotros hemos sido llamados gratuitamente a participar de su vida y de su santidad.
2. Somos su pueblo y las ovejas de su rebaño
«Nosotros somos su pueblo y ovejas de su rebaño» (Sal 100).
nos invitas a aclamar al Señor y a servirlo con alegría, entrando en su presencia con júbilo.
Sabemos que el Señor es Dios: él nos hizo y somos suyos, su pueblo y ovejas de su rebaño.
Todo es fruto de un amor gratuito. La gratuidad nace de un corazón bueno y compasivo, como el tuyo, Jesús.
«El Señor es bueno, su misericordia es eterna, su fidelidad por todas las edades».

3. Salvados gratuitamente por el amor de Cristo
«La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros» (Rm 5,8).
Cuando aún estábamos sin fuerzas y alejados de Dios, Cristo entregó su vida por nosotros. Nadie merece un amor tan grande. Dios no esperó a que fuéramos justos o perfectos para amarnos; nos amó primero.
Por su muerte hemos sido reconciliados con Dios y, por su vida resucitada, somos salvados. Todo es gracia, todo es don, todo es gratuidad.

4. Llamados a dar gratuitamente lo que hemos recibido

«Al ver Jesús a las gentes, se compadecía de ellas, porque estaban cansadas y abatidas, como ovejas que no tienen pastor» (Mt 9,36).
La compasión mueve el corazón de Jesús. Por eso llama a sus discípulos, los conoce por su nombre y los envía a continuar su misión.
«La mies es abundante y los trabajadores pocos; rogad al dueño de la mies que envíe trabajadores a su mies».
A los Doce les confió autoridad para sanar, liberar y anunciar el Reino. Y les dio una consigna que sigue siendo válida para todos nosotros los discípulos:
«Id y proclamad que el Reino de los cielos está cerca. Curad enfermos, limpiad leprosos, expulsad demonios. 
Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis».
También nosotros estamos llamados a transmitir la vida de Dios desde un corazón compasivo, sin buscar recompensa, compartiendo gratuitamente el amor, el perdón, la esperanza y la fe que hemos recibido gratuitamente de Él.

Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que teníamos que hacer.”»

Servir desde la gratuidad y humildad 
Jesús, venimos ante ti confiados, con el corazón abierto, deseando escuchar tu Palabra.
Tú eres quien guía nuestros pasos, quien llama a servir no para el reconocimiento, sino por amor.
Que tu Espíritu Santo nos conceda el gozo de reconocernos como simples siervos, pues tú lo has hecho todo, tú lo has dado todo.
Porque tú eres Dios: no hay otro como tú, y tus obras ninguna otra puede igualar.

Hoy, Jesús, nos hablas de la actitud del siervo y nos haces esta pregunta:

> «¿Quién de vosotros, si tiene un criado que ha estado arando o pastoreando, le dice cuando vuelve: “Pasa, siéntate a la mesa”?

¿No le diréis más bien: “Prepárame la cena, cíñete y sírveme mientras como y bebo, y después comerás y beberás tú”?»
Y concluyes:
> «¿Acaso tiene que estar agradecido al siervo porque ha hecho lo mandado?
Lo mismo vosotros: cuando hayáis hecho todo lo que se os ha mandado, decid: “Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que teníamos que hacer.”»

Jesús, nos enseñas que ser discípulo es servir con disponibilidad y gratitud, reconociendo que todo es don recibido.
Si reconocemos que todo es gracia —la fe, la vocación, la misión que realizamos— comprendemos que lo que verdaderamente cuenta es el servicio ofrecido como respuesta agradecida.

San Martín de Tours sirvió con sencillez y generosidad, viendo en los hermanos a Cristo mismo.

Esta actitud del siervo es la que tú, Jesús, nos propones.
No se trata de vivir esperando recompensas ni de buscar reconocimientos; se trata de vivir desde la gratuidad, desde el servicio humilde, desde la conciencia de que todo lo que somos y tenemos es don recibido de Dios.

Cuando uno vive desde esta actitud, no se cansa de servir ni se agota en el esfuerzo, porque sabe que su vida tiene sentido en el amor entregado.
El siervo inútil no es el que no vale, sino el que no presume de lo que hace, porque sabe que todo lo ha recibido.
🙏 Jesús  danos esta humildad, esta capacidad de servir sin esperar nada a cambio, y esta alegría de sabernos instrumentos de su amor.


Multiplicación de los Panes Don gratuito

 
 "Viendo Jesús que mucha gente lo seguía, le dijo a Felipe:
 "¿Cómo compraremos pan para que coman éstos?".
Felipe le respondió: 
"Ni doscientos denarios de pan bastarían para que a cada uno le tocara un pedazo de pan". 
Otro de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dijo: "Aquí hay un muchacho que trae cinco panes de cebada y dos pescados. 
Pero, ¿qué es eso para tanta gente?". 
Jesús le respondió: "Díganle a la gente que se siente". 
En aquel lugar había mucha hierba. Todos, pues, se sentaron ahí; y tan sólo los hombres eran unos cinco mil. 
Enseguida tomó Jesús los panes, y después de dar gracias a Dios, se los fue repartiendo a los que se habían sentado a comer. Igualmente les fue dando de los pescados todo lo que quisieron. Después de que todos se saciaron, 
dijo a sus discípulos: "Recojan los pedazos sobrantes, para que no se desperdicien". 
Los recogieron y con los pedazos que sobraron de los cinco panes llenaron doce canastos. "
 
Reflexión.
Jesús se encamina hacia las regiones más lejanas; 
sé a dónde va. 
Son largos los caminos que Él toma, o al menos a mí me parecen complejos, cuando de repente me pide que dé de comer a una gran masa…

¿Cómo es posible?, ¿qué no te das cuenta que son muchísimos personas ? 
No tenemos los recursos, sólo piénsalo, tendríamos que trabajar demasiado para conseguir que algunos se logren saciar, y sólo algunos lograrán tener algún trozo… Mi vida se complica, me pones en un mundo que no reconoce mi trabajo, lo da por supuesto, la competencia me quiere comer desde el primer día, estoy solo, y encima de todo esto me pones como luz para los demás, pero ¿qué no te das cuenta que no soy la persona que Tú necesitas, que no tengo las cualidades necesarias, qué…?

Aquí es cuando Jesús se ríe de mí, me sorprende la respuesta que da un hermano mío:
 "Aquí hay cinco peces…" ¿Cómo que aquí hay cinco peces? ¿Qué no se da cuenta que no será suficiente ni siquiera lo que yo le intenté ofrecer como propuesta?

El rostro de Jesús se vuelve sereno, mira al cielo y los peces ¡se multiplican! 
¿Qué ocurre aquí?... 
Otra mirada al rostro de Cristo me dice que no desprecie todos los dones que Él me da y que no piense en ellos como si dependiera de mí solamente; es con Él que llegaré a dar lo mejor.

«¿Por qué privar a una persona, sobre todo a un muchacho, de lo que ha traído de casa y tiene derecho a quedárselo para sí? ¿Por qué quitarle a uno lo que en cualquier caso no es suficiente para saciar a todos? Humanamente es ilógico. Pero no para Dios. 
De hecho, gracias a ese pequeño don gratuito y, por tanto, heroico, Jesús puede saciar a todos. Es una gran lección para nosotros. Nos dice que el Señor puede hacer mucho con lo poco que ponemos a su disposición. Sería bueno preguntarnos todos los días:
 “¿Qué le llevo hoy a Jesús?”. 
Él puede hacer mucho con una oración nuestra, con un gesto nuestro de caridad hacia los demás, incluso con nuestra miseria entregada a su misericordia. Nuestras pequeñeces a Jesús, y Él hace milagros. A Dios le encanta actuar así: hace grandes cosas a partir de las pequeñas, de las gratuitas».
(Ángelus del papa Francisco, 25 de julio de 2021).

Agosto 2022:Os reuniré de todas las naciones os traeré a vuestra tierra

Mi querida Trinidad cuanto te agradezco estar en este hermoso lugar donde se cumple tu palabra del profeta Ezequiel "os reuniré de todos las naciones y os traeré de vuelta a vuestra tierra.Os rociare con un agua pura y os daré un corazón nuevo  y pondré dentro de vosotros un espíritu nuevo."Ez 36.24_26
Cuanto te agradezco poder encontrarme con todos mis hermanos de distintos países el regalo de la universalidad es una maravilla, encontrarme que esto se hace realidad.Australia,Filipinas,Singapur,Nigeria,Honduras,Italia,África,España,México,Colombia.
Gracias porque tú nos adelantas un poquito que probemos el Reino qué alegría Trinidad del cielo es demasiada alegría para mí corazón tan pequeño.
Pero me lo estás haciendo gustar saborear.Gracias mi querida Trinidad  porque como dice el Vaticano ll "sabemos que Dios prepara una nueva morada y una nueva tierra, en la que habita la justicia y cuya bienaventuranza llenará y sobrepasará todos los deseos de paz que brotan en el corazón del hombre.Si ya desde ahora estás construyendo una nueva morada  en la que habita la misericordia  y cuya felicidad llenará sobre todos los deseos de paz que brotan en el corazón.
Gracias mi querida Trinidad y mi querida mamá María .
Pongo en tus manos este día poder ponerme a tu servicio en lo que me necesites.
Te pido nuevamente por mi querida comunidad del poblado y en especial por Felixa poder ponerme a su servicio a  lo que me necesite.

miércoles, 10 de junio de 2026

El Papa en Barcelona: Ser testigos y profetas de unidad, acogida, concordia y paz

Vatican News Ser testigos y profetas de unidad, acogida, concordia y paz
El primer encuentro del León XIV en Barcelona ha tenido lugar en la catedral de la Santa Cruz y de Santa Eulalia para la oración de la Hora Media. En su homilía, el Pontífice recordó que, en la riqueza de los dones recibidos, somos fuertes porque estamos unidos, y estamos unidos porque estamos animados por el mismo Espíritu. Asimismo, exhortó a no permitir que nada destruya la unidad en la que Dios nos ha constituido y hacia cuya plenitud nos conduce día tras día.

Rocio Lancho García - Ciudad del Vaticano

El Papa León XIV ha llegado a Barcelona procedente de Madrid este martes 9 de junio, iniciando así la segunda etapa de su viaje a España. A su llegada al aeropuerto de El Prat, el Santo Padre fue recibido por algunos representantes de la Generalitat de Catalunya. Desde allí se ha trasladado en coche hasta la catedral de Barcelona, para la oración de la Hora Media.

Al llegar a la catedral de la Santa Cruz y Santa Eulalia, el Papa fue recibido por el arzobispo metropolitano de Barcelona, el cardenal Juan José Omella Omella. Posteriormente entró en una de las capillas para un momento de oración delante de Santísimo Sacramento y, sucesivamente, recorrió la nave central. Tras unas palabras de bienvenida del cardenal Omella, el Santo Padre pronunció  su homilía, en la que leyó algunos fragmentos en catalán.   

Hogar amplio y abierto a la fraternidad cristiana

Haciendo referencia a la lectura proclamada, León XIV reflexionó sobre dos imágenes: la Esposa y el Cuerpo. La primera, explicó el Papa, nos recuerda que la Iglesia, y en particular esta asamblea, rica de dones y carismas y de la variedad de las historias de cada uno, es ante todo una Esposa amada.

“Dios os ha querido aquí, porque ama en vosotros y en vuestro estar juntos una belleza y una bondad únicas y sagradas”, aseguró a los presentes. Asimismo, subrayó que la Iglesia “es fruto de un acto de amor que la precede y que viene de Dios” y, ante todo, “crece dejándose amar por Él, unida, con corazón humilde y agradecido, porque sólo quien se deja amar por Dios puede construir, con los demás, las obras del amor”.

Haciendo referencia a unas palabras que el Papa Francisco dedicó a esta comunidad diocesana, León XIV explicó que el “clima que estamos llamados a difundir en nuestros ambientes” debe ser “un clima de familia, en el que se vive juntos, conscientes de la filiación y de la llamada común, solidarios, abiertos, capaces de misericordia, de sacrificio, de atención recíproca, de perdón”. También evocó unas palabras de su predecesor Juan Pablo II durante su visita a esta ciudad en 1982, cuando animó a “proclamar ante la Iglesia que esta ciudad y esta región son un hogar amplio y abierto a la fraternidad cristiana”. En sus palabras – prosiguió el Papa - encuentran un lugar los rostros de tantos hermanos y hermanas que entre vosotros se han entregado y se entregan para construir armonía y comunión, más allá de toda polarización. Según afirmó León XIV, estas personas hoy se ven confirmadas en la vitalidad de las numerosas obras de anuncio, de formación y de caridad de las que todos vosotros sois animadores y protagonistas.


En la riqueza de los dones recibidos somos fuertes

En segundo lugar, el Papa profundizó sobre el Cuerpo: “Si Cristo es el Esposo que nos amó primero, Él es también la Cabeza a la que estamos unidos como miembros de un único organismo, unos al servicio de otros”, “todos animados por la acción del mismo Espíritu, todos llamados a la misma santidad”. El Papa destacó la importancia de este aspecto porque “nos recuerda que para nosotros trabajar juntos no es una elección de ‘estilo’, sino una necesidad fisiológica”, y a la que “correspondemos poniendo en juego los carismas recibidos en el respeto de los ministerios confiados”. Es el Espíritu quien, “nos impulsa no sólo a entregarnos sin reservas allí donde la Providencia nos llama, sino a hacerlo según los designios de Dios, en la obediencia y en la confianza”, indicó el Pontífice.

En esta misma línea reflexionó sobre la “variedad y la importancia de los roles y de las misiones que encontramos entre nosotros”, asegurando que el mensaje es siempre el mismo: “en la riqueza de los dones recibidos, somos fuertes porque estamos unidos, y estamos unidos porque estamos animados por el mismo Espíritu”. Por ello, León XIV advirtió de la importancia de “no permitir que nada destruya la unidad en la que Dios nos ha constituido y hacia cuya plenitud nos conduce día tras día”.

Testigos y profetas de unidad

En un mundo desgarrado por guerras y divisiones, y en una sociedad cada vez más fragmentada e individualista, el Papa invitó a ser “mártires”, es decir, “testigos y profetas de unidad, de acogida, de concordia y de paz, incluso a costa de sacrificios y renuncias”. Queremos responder nuestros ‘sí’, - afirmó el Pontífice - dispuestos, en lo que sea necesario, a morir a nosotros mismos, a perdernos para reencontrarnos, a renunciar a lo superfluo para construir sobre lo que es esencial y dura para siempre.

Para concluir su intervención, el Obispo de Roma recordó las palabras de Jesús en la Última Cena: “Yo en ellos, y tú en mí, para que sean completamente uno, de modo que el mundo sepa que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí”.

Al finalizar, el Papa fue a la cripta para un momento de oración delante de la tumba de santa Eulalia. Después salió a la calle e improvisó un saludo a la multitud que le esperaba. Sucesivamente, acude a la Casa Arzobispal donde comerá y se reunirá de forma privada con el presidente de la Generalitat de Catalunya, Salvador Illa i Roca, y a los miembros de la Orden Agustina.

Audiencias Papales

martes, 9 de junio de 2026

somos «la sal de la tierra, la luz del mundo» (Mt.5, 13-14).




Haz brillar sobre nosotros, Señor, la luz de tu rostro.Sal 4, 2-8

Sabedlo: el Señor hizo milagros en mi favor,
y el Señor me escuchará cuando lo invoque.
Hay muchos que dicen: «¿Quién nos hará ver la dicha,
si la luz de tu rostro ha huido de nosotros?».
Pero tú, Señor, has puesto en mi corazón más alegría
que si abundara en su trigo y en su vino.
 
Vosotros sois la luz del mundo.Mt 5, 13-16 •
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán?
No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente.
Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte.
Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa.

Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos».

Comentario al Evangelio
San Juan Pablo II, Papa. (s. XX).  Se recibe la luz para darla.

«Vosotros sois la sal de la tierra»
Son palabras de Jesús a sus discípulos, que hemos escuchado 
Vosotros y yo somos no sólo fruto, sino también sembradores de las palabras de Jesús:
 «Id y haced discípulos a todas las gentes» (Mt 28, 19), 
es decir, apóstoles de la nueva evangelización a la que, en virtud de nuestro bautismo, estamos todos llamados. 
Por eso, el Señor nos recuerda hoy nuevamente que somos «la sal de la tierra, la luz del mundo» (cf. ibíd., 5, 13-14).

«Vosotros sois la sal de la tierra» (Mt 5, 13). Son palabras que el Señor dirige hoy a vosotros. En la fe cristiana, sois verdaderamente la sal de la tierra. Vosotros, que habéis acogido en vuestro corazón el mensaje salvador de Cristo, sois, pues, sal de la tierra porque habéis de contribuir a evitar que la vida del hombre se deteriore o que se corrompa persiguiendo los falsos valores, que tantas veces se proponen en la sociedad contemporánea.

La Iglesia, como Madre y Maestra, hace suyos los problemas que afectan al hombre, y en especial a los más pobres y abandonados, y trata de iluminarlos desde el Evangelio. Por eso, en la construcción de una sociedad más justa y fraterna, la doctrina social de la Iglesia propone siempre la primacía de la persona sobre las cosas (Centesimus annus, 53-54), de la conciencia moral sobre los criterios utilitaristas, que pretenden ignorar la dignidad del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios.

Cristo, luz del mundo (cf. Jn 8, 12), nos exhorta hoy a que nosotros seamos también luz ante los hombres para que, viendo nuestras buenas obras, glorifiquen al Padre que está en los cielos (cf. Mt 5, 16). Cristo, «luz verdadera, que ilumina todo hombre que viene a este mundo» (Jn 1, 9), es el Verbo proclamado por san Juan en el prólogo de su Evangelio (Ibíd., 1 1-4): el Hijo eterno, consustancial con el Padre. La Vida estaba en Él, y Él la ha traído al mundo. «Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo Unigénito, para que todo el que cree en él... tenga la vida eterna» (Ibíd., 3, 16).

Ésta es la prueba suprema del amor de Dios a los hombres desde toda la eternidad: la Encarnación del Verbo. Y también vosotros, queridos hermanos, habéis sido objeto de ese amor de predilección por parte de Dios; también por amor vuestro se encarnó su Hijo Unigénito. También a vosotros Dios Padre os lo entrega como Salvador, para que tengáis la vida eterna. «Ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo» (Ibíd., 17, 3).

Cristo es la luz del mundo, pues en Él se ha revelado la Vida. Se ha revelado mediante la palabra del Evangelio, pero sobre todo se ha revelado mediante su muerte redentora en la Cruz. Ha ofrecido en sacrificio al Padre su vida en expiación por los pecados del mundo. Y con este sacrificio cruento Él ha vencido el pecado y la muerte. En el Gólgota aceptó la muerte, pero al tercer día resucitó y vive para siempre. Vive para darnos su Vida. De este modo, Cristo es aquella Luz, aquella Vida que ha demostrado ser más fuerte que la muerte. En Él está la Vida divina, que es Luz para los hombres (cf. Jn 1, 4). Cristo, luz del mundo, os está enviando hoy a vosotros hermanos y hermanas, descendientes de los antepasados, os está enviando a vosotros en el camino de la vida. Éste es el camino de verdad, es el camino de siempre y de la nueva evangelización.

También vosotros, queridos hermanos, gracias al Evangelio, habéis recibido la luz y estáis llamados a dar valientemente testimonio de ella. Cada uno de vosotros ha de sentirse llamado a ser sal de la tierra y luz del mundo. Habéis de ser sal que preserva de la corrupción y que da sabor a los frutos de la tierra. Habéis de iluminar a los que os rodean mediante vuestra caridad; caridad que es amar a los demás como Cristo nos ha amado (cf. Jn 15, 12). Ésta es la evangelización de ayer, de hoy y para siempre.

Vosotros sois la sal de la tierra. Vosotros sois la luz del mundo. Os lo dice Cristo mismo, que es la Luz. Lo dice también con el ejemplo de su vida, con la verdad de sus sufrimientos, con su muerte en la Cruz.

Las Bien aventuranzas un programa de vida


Jesús cuida nuestra Vida en todas las situaciones cotidianas .

Nuestro auxilio es el nombre del Señor, que hizo el cielo y la tierra.
Levanto mis ojos a los montes:
¿de dónde me vendrá el auxilio?

El auxilio me viene del Señor,
que hizo el cielo y la tierra. 

No permitirá que resbale tu pie,
tu guardián no duerme;
no duerme ni reposa

el guardián de Israel. 

El Señor te guarda a su sombra,
está a tu derecha;
de día el sol no te hará daño,
ni la luna de noche.

El Señor te guarda de todo mal,
él guarda tu alma;
el Señor guarda tus entradas y salidas,
ahora y por siempre. 


Bienaventurados los pobres en el espíritu.
En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo:
«Bienaventurados los pobres en el espíritu,
porque de ellos es el reino de los cielos.

Bienaventurados los mansos,
porque ellos heredarán la tierra.
Bienaventurados los que lloran,
porque ellos serán consolados.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia,
porque ellos quedarán saciados.
Bienaventurados los misericordiosos,
porque ellos alcanzarán misericordia.
Bienaventurados los limpios de corazón,
porque ellos verán a Dios.
Bienaventurados los que trabajan por la paz,
porque ellos serán llamados hijos de Dios.
Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia,
porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa.
Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo, que de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros».

Comentario al Evangelio

No es una ideología, viene de lo alto.
 «Bienaventurados los pobres de espíritu»
El Evangelio presenta el primer gran discurso que el Señor dirige a la gente, en lo alto de las suaves colinas que rodean el lago de Galilea.
 «Al ver Jesús la multitud, subió al monte: se sentó y se acercaron sus discípulos; y, tomando la palabra, les enseñaba»
 (Mt 5, 1-2). 
Jesús, «se sienta en la «cátedra» del monte» (Jesús de Nazaret, y proclama «bienaventurados» a los pobres de espíritu, a los que lloran, a los misericordiosos, a quienes tienen hambre de justicia, a los limpios de corazón, a los perseguidos (cf. Mt 5, 3-10).

No se trata de una nueva ideología, sino de una enseñanza que viene de lo alto y toca la condición humana, precisamente la que el Señor, al encarnarse, quiso asumir, para salvarla.
 Por eso, «el Sermón de la montaña está dirigido a todo el mundo, en el presente y en el futuro y sólo se puede entender y vivir siguiendo a Jesús, caminando con él» 
Las Bienaventuranzas son un nuevo programa de vida, para liberarse de los falsos valores del mundo y abrirse a los verdaderos bienes, presentes y futuros.
 En efecto, cuando Dios consuela, sacia el hambre de justicia y enjuga las lágrimas de los que lloran, 
significa que, además de recompensar a cada uno de modo sensible, abre el reino de los cielos.
 «Las Bienaventuranzas son la transposición de la cruz y la resurrección a la existencia del discípulo» 
 Reflejan la vida del Hijo de Dios que se deja perseguir, despreciar hasta la condena a muerte, a fin de dar a los hombres la salvación.

Un antiguo eremita afirma: 
«Las Bienaventuranzas son dones de Dios, y debemos estarle muy agradecidos por ellas y por las recompensas que de ellas derivan, es decir, el reino de los cielos en el siglo futuro, la consolación aquí, la plenitud de todo bien y misericordia de parte de Dios... una vez que seamos imagen de Cristo en la tierra»
 El Evangelio de las Bienaventuranzas se comenta con la historia misma de la Iglesia, la historia de la santidad cristiana, porque —como escribe san Pablo— «Dios ha escogido lo débil del mundo para humillar lo poderoso; ha escogido lo despreciable, lo que no cuenta, para anular a lo que cuenta» (1 Co 1, 27-28). 
San Agustín nos recuerda que «lo que ayuda no es sufrir estos males, sino soportarlos por el nombre de Jesús, no sólo con espíritu sereno, sino incluso con alegría»