viernes, 13 de febrero de 2026

Misión de Tiro a Sidón. Marcos 7, 31-37.

Jesús cura a un sordomudo

En aquel tiempo, salió Jesús de la región de Tiro y vino de nuevo, por Sidón, al mar de Galilea, atravesando la región de Decápolis.
 Le llevaron entonces a un hombre sordo y tartamudo
y le suplicaban que le impusiera las manos.
 Él lo apartó a un lado de la gente, le metió los dedos en los oídos y le tocó la lengua con saliva. Después, mirando al cielo, suspiró y le dijo: «¡Effetá!» (que quiere decir «¡Ábrete!»). Al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y empezó a hablar sin dificultad

Reflexión.Papa Francisco
"Quisiera poder imitarte Dios mío. Mi fe es tan pobre, que ver tu obrar en el Evangelio me sacude. Miraste al cielo, suspiraste. 
¿Qué hubo en ese suspiro?, ¿una oración al Padre?, ¿un acto de confianza?
Cuántas veces me sucede lo contrario a mí.
 Me suelo encontrar en situaciones similares, donde parece que las exigencias son demasiado grandes,
 donde parece que mis fuerzas no me rinden más. 
Mi ánimo se desvanece mientras contemplo los problemas de mi vida, de la vida de quienes quiero y de quienes busco querer.

Tú miraste hacia el cielo y suspiraste. Yo miro hacia el suelo y suspiro.
Pero Tú constantemente me invitas a creer. 
Si mi corazón se encuentra asfixiado por no poder consolar a una persona querida que sufre; si mi corazón se encuentra asfixiado por una situación económica que me parece que puede empeorar; si mi corazón se encuentra asfixiado por no poder encontrar las respuestas que con tanto anhelo busco; si mi corazón se encuentra asfixiado por ese problema concreto, justo aquél que tanto me sofoca; entonces me ofreces la fe como un nuevo respiro.

Imitarte es mi deseo, Señor. Y decir creo en ti y engrandece un poquito más mi fe.
 Tú viniste a revelarme no sólo tu grandeza como Dios, sino también tu testimonio como hombre.
 Me enseñaste a vivir. 
Me enseñas a creer. Y mira que, el simple hecho de querer creer en ti, Señor, me deja ver que mi fe puede crecer.

«Sin embargo, en el origen de nuestra vida cristiana, en el Bautismo, están precisamente aquel gesto y aquella palabra de Jesús: “¡Effatá! – ¡Ábrete!”. Y el milagro se cumplió: hemos sido curados de la sordera del egoísmo y del mutismo de la cerrazón y del pecado y hemos sido incorporados en la gran familia de la Iglesia; podemos escuchar a Dios que nos habla y comunicar su Palabra a cuantos no la han escuchado nunca o a quien la ha olvidado y sepultado bajo las espinas de las preocupaciones y de los engaños del mundo».



jueves, 12 de febrero de 2026

Jesús Misionero de Genesaret a Tiro.( Mc 7, 24-30.)

JESÚS NO PASA INADVERTIDO
Una mujer sirofenicia
Se postra a los pies de Jesús y le ruega que salve a su hija poseída.
Para orar necesitamos prepararnos desde estas actitudes:
Reconocer delante de quién estamos.
 Esta mujer reconoce que está ante Dios, que puede salvar a su hija.
Actitud de postrarse ante Él, de súplica, de sinceridad, de humildad; actitud de fe y de esperanza, porque está segura de que Jesús salvará a su hija. Actitud de confianza, porque está delante de Aquel que la conoce y la ama profundamente. 
Está segura de que Dios acoge a todos sin hacer acepción de personas, aunque ella sea una mujer pagana. El amor de Jesús es un amor misericordioso con todos aunque nos sintamos como ovejitas negras necesitadas del  amor de Jesús.

Señor, gracias porque yo tampoco merezco el pan de la Palabra que me das cada día. No merezco tanto mimo y cuidado con mi vida. Saber que todo lo que te pido me lo concedes me hace vivir profundamente agradecida.
Sobre todo, quiero creer que en mis peticiones por las personas que quiero mucho, y cuyo corazón está enfermo, Tú tienes el poder de salvarlas.
Gracias, Jesús, por acogernos a todos, por tratarnos a todos por igual.

Reflexión (Papa Francisco)
Describiendo la escena, vemos a una mujer griega desesperada porque quiere salvar a su hija, postrada a los pies de Jesús. Él responde: «Deja que primero se sacien los hijos».
Una respuesta con palabras muy fuertes para salir de la boca de Dios.
Pero Jesús parece aún más duro cuando dice que no está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perros; es decir, el pan destinado a los hijos de Israel, a los hijos de Dios.
Sin embargo, esta respuesta de Jesús a la mujer griega es para regalarle algo importante; esa respuesta fuerte es para ayudarla.
La actitud de la mujer es completamente suplicante, llena de fe, porque creía que Jesús salvaría a su hija; llena de esperanza, porque confiaba en que Dios la escucharía; y llena de amor, porque estaba a los pies de Jesús solamente porque amaba a su hija.
Parece que la fe, la esperanza y la caridad son los elementos que necesitamos para que Dios nos conceda lo que pedimos. Pero Jesús nos ayuda constantemente, como ayudó a la mujer griega, para que nuestra súplica esté llena de una sincera humildad.
Estar a los pies de Jesús parece un acto de humildad, pero en realidad no lo es del todo, porque ella, por ser quien era, no merecía estar allí; era una pagana ante el Dios judío.
¿Cuántos de nosotros merecemos estar a los pies de nuestro Señor?
¿Cuántos de nosotros tenemos el honor de ser llamados hijos de Dios?
La mujer, por la respuesta de Jesús, comprendió que no merecía el pan de Dios, que no tenía derecho a pedirlo; pero si algo sobraba, sabía que podía recibirlo.
Llegó a conocer que el amor de Dios es tan grande que siempre acoge a todos. Conoció el amor que Dios nos tiene.
Esto es lo importante en nuestra relación con Dios: saber que, aunque sea pecador, siempre me dará de su pan, de su amor; y que toda respuesta o silencio de su parte es para que yo crezca en el conocimiento del amor que Él me tiene.
Una sincera humildad, regalada por Dios, me ayudará a creer, confiar y, sobre todo, a amar al Amor. Me ayudará a levantarme de los pies de Cristo con mi hija curada o no, pero con la certeza de que Dios me ama.

El Amor está por encima de la norma

Comentario del evangelio 
Imitación de Cristo. Eres lo que eres. Libro II, c. 5-6
A veces nos damos cuenta de nuestra gran ceguera. Obramos mal y presentamos mil excusas. A menudo nos mueven las pasiones e intentamos hacer pasar nuestro actuar por obra de buen celo. Corregimos las pequeñas faltas de los demás y nos permitimos caer en faltas grandes. 
Estamos prontos para juzgar y condenar los yerros de los otros pero no tenemos cuidado en no serles molestos.
 El que se juzgara a si mismo con rectitud no tendría ya coraje para juzgar severamente a los demás.
Un cristiano presta atención a su propia vida ante todo, y el que vigila sus propias acciones se guarda bien de criticar la conducta de los demás.
 No serás nunca hombre interior mientras no te esfuerces a guardar silencio acerca de los asuntos de tu prójimo para ocuparte principalmente de ti mismo. 
Aquel que ama a Dios no se fija en lo que está por debajo de Dios, porque sólo Dios, eterno, inmenso, colma todo, es amparo del alma y alegría verdadera del corazón.Descansarás plácidamente, si tu corazón no te reprende. 
No te alegres sino cuando obrares bien. Los malos nunca tienen alegría verdadera ni sienten paz interior; porque dice el Señor: «No tienen paz los malos» (Is 57, 21). Fácilmente estará contento y sosegado el que tiene la conciencia limpia. No eres más santo porque te alaben, ni más vil porque te desprecien. Lo que eres, eso eres; y por más que te estimen los hombres, no puedes ser, ante Dios, más grande de lo que eres. Si miras lo que eres dentro de ti, no tendrás cuidado de lo que de ti hablen los hombres. El hombre ve lo de fuera, mas Dios ve el corazón (1Sam 16, 7).

lunes, 9 de febrero de 2026

"Solo con tocar la punta de tu manto quedarían curados."


Misión en Genesaret


"En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos terminaron la travesía del lago y tocaron tierra en Genesaret." Mc.6,53-56 
¡Qué hermoso es contemplar tu corazón misionero!
 Junto a los discípulos les vas enseñando lo que significa ser misionero: no te reservas nada, estás disponible para todo lo que la gente necesite de ti.
"Apenas bajaron de la barca, la gente lo reconoció .
Y fue a decirlo por toda aquella región."
 La gente te busca porque reconoce que tú eres Dios, Jesús de Nazaret, y que tienes el poder de curar más que cualquier médico humano, porque tú curas lo profundo del corazón, allí donde nadie llega, pero tú sí.
Por eso inmediatamente cuando reconocen que tú llegas al lugar avisan a todas las aldeas para que traigan a sus enfermos. 
"Y  comenzaron a traer a los enfermos en camilla a donde  oían que él estaba."
 Por eso todos acudían a ti, porque tenían la certeza de que tú los ibas a curar, qué actitud tan bonita la de los camilleros que no piensan en sí mismos sino que piensan en que sus enfermos pueden ser curados también.
Tu presencia Jesús pone en movimiento a todas las personas, es el dinamismo del amor.
A donde quiera que llegabas —en poblados, ciudades o caseríos—,
Ponía a los enfermos en las plazas.
Tú no te quedabas en un solo lugar, porque en todos los lugares hay necesidad  de tí. 
Eres admirable Jesús ojalá te podamos imitar en el anuncio de tu palabra, eres un verdadero misionero que recorres toda la provincia .

Ante tu presencia, Jesús, la gente gana libertad para poner a todos sus enfermos en la calle, con la certeza de que solo con tocar la punta de tu manto quedarían curados.
¡Qué fe tan sencilla la de estos hombres! 
Ojalá nuestra fe fuera así de sencilla para acudir a ti y pedirte que sanes nuestro corazón, esas zonas profundas que nadie ve y que están enfermas.

Hoy, Jesús, quiero poner ante tu presencia todos los nombres de aquellas personas que están enfermas, incluso aunque no se sientan necesitadas de ti. Te pido que las cures en lo más profundo de su corazón y les regales un corazón nuevo.

La gente ponía a sus enfermos en la calle y le rogaba que, por lo menos, los dejara tocar la punta de su manto; y cuantos lo tocaban, quedaban curados.

Regálanos, Jesús, el don de la oración: creer que orar es estar delante de quien me conoce profundamente y  tiene el poder de tocar profundamente mi corazón y curarme por qué me ama. 
Te pido las actitudes que preparan el encuentro contigo: la fe, la humildad y la gratitud.

 Regálanos también, Jesús, el don de aprender a dialogar contigo para que nos lleve a un encuentro auténtico. 
El don de escuchar tu voz que  resuena en lo profundo de nuestro corazón pero también en la palabra y en el comentario del Evangelio. 
Gracias por amarnos tanto y por darte a entender de una manera tan sencilla,como dice el papa Francisco:
“Uno de los actos más hermosos y humildes que existen es el de enamorarse, ya que implica aceptar que uno necesita de otra persona.
➡️ Requiere saberse y aceptarse necesitado… requiere hacerse vulnerable y reconocerse perturbado ante la ausencia del amado.
➡️ Es un acto de humildad porque requiere mostrar lo que realmente uno es… quitarse las vestiduras, despojarse de los mecanismos de defensa, mirarse a los ojos y decir: ‘sin ti no puedo hacer nada’.

Reconocerme débil y enfermo ante Dios es un verdadero acto de amor. Solo soy lo que soy bajo la mirada de Dios.
Este reconocimiento de la necesidad de Dios es lo que me lleva a conocerme más profundamente y, desde ahí, a conocer y experimentar más íntimamente a Dios.
➡️ Me lleva a buscar a Dios con más alegría, más intensidad, a desear tocarle y verle, a desear vivir con Él y en Él.”
❤️ Señor Jesús, deseo con todo mi corazón poder vivir solo bajo tu mirada, para así conocerme y conocerte cada día más.
❤️ Te necesito, Señor… Te amo, Señor.
“Dios creó el universo, pero la creación no termina: Él sostiene continuamente lo que ha creado.

En el Evangelio vemos la otra creación de Dios, la de Jesús, que viene a re-crear lo que ha sido estropeado por el pecado.

Se ve a Jesús entre la gente: cuando lo tocaban, eran salvados; es la recreación.
Esta segunda creación es más maravillosa que la primera. Además, hay otro trabajo: el de la perseverancia en la fe, que lo realiza el Espíritu Santo.”
(Cf. Homilía del papa Francisco)

viernes, 6 de febrero de 2026

¿Quién es Este que su fama se extiende por toda la Provincia ?Marcos 6, 14-29.

1 ¿Quién eres tú Jesús ?

«En aquel tiempo, como la fama de Jesús se había extendido tanto.
Llegó a oídos del rey Herodes el rumor de que Juan el Bautista había resucitado y que sus poderes actuaban en Jesús».

¡Qué poca información y qué confusión sobre quién eres, Jesús!
Pero hoy, en nuestros tiempos, también sucede lo mismo: para muchos eres un profeta que predica bien; otros piensan que eres solo un hombre que vino a esta tierra como uno más, aunque diferente; confundido por algunos que, por decir la verdad, fueron encarcelados, y por otros tantos que han sido asesinados por anunciar una nueva doctrina.

«Otros decían que era Elías; y otros, que era un profeta comparable a los antiguos.
Pero Herodes insistía: “Es Juan, a quien yo le corté la cabeza, y que ha resucitado”».
¡Qué poco sentido común! Perdóname, Jesús. Que todo un rey tenga este desconocimiento sobre quién eres tú es realmente sorprendente: confundir a Juan contigo.
«Herodes había mandado apresar a Juan y lo había metido y encadenado en la cárcel».
¿Pero por qué lo metió en la cárcel?
Herodes se había casado con Herodías, esposa de su hermano Filipo, y Juan le decía: «No te está permitido tener por mujer a la esposa de tu hermano».
Por eso Herodes lo mandó encarcelar. Herodías lo odiaba y quería matarlo, pero no sabía cómo, porque Herodes miraba con respeto a Juan, pues sabía que era un hombre recto y santo, y lo tenía custodiado. Cuando lo oía hablar, quedaba desconcertado, pero le gustaba escucharlo.
Sí, cuántas veces nos encanta escucharte y te admiramos. Y nos pasa también que hay discípulos a los que nos gusta escuchar cómo hablan… pero ¿cambian sus vidas? No.
Herodes sigue con la misma vida y tiene más “amor” a su esposa, que lo influye a hacer el mal, que a la Verdad que había en su corazón.

La ocasión llegó en la fiesta de cumpleaños de la hija de Herodías.

«Cuando Herodes dio un banquete a su corte, a sus oficiales y a la gente principal de Galilea, con motivo de su cumpleaños, la hija de Herodías bailó durante la fiesta y su baile gustó mucho a Herodes y a sus invitados. 
El rey le dijo entonces a la joven: “Pídeme lo que quieras y yo te lo daré”. Y le juró varias veces: “Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino”».
Herodes, en ese momento, cuando promete la mitad de su reino o todo lo que se le pida, no pensó en la petición influenciada por su madre.
«Ella fue a preguntarle a su madre: “¿Qué le pido?”. Su madre le contestó: “La cabeza de Juan el Bautista”. Volvió ella inmediatamente junto al rey y le dijo: “Quiero que me des ahora mismo, en una charola, la cabeza de Juan el Bautista”».
Esta joven estaba totalmente manipulada por su madre, puedo intuir. 
Cuando no hay en el corazón sueños propios, deseos ni metas, solo se hace lo que otro dicta. Y claro, pidió el deseo de su madre.
«El rey se puso muy triste, pero debido a su juramento y a los convidados, no quiso desairar a la joven, y enseguida mandó a un verdugo que trajera la cabeza de Juan».

El rey, igual, fue manipulado en esta ocasión por su esposa. Pero en ambos estaba la decisión: uno es libre para actuar en el bien o en el mal. Aquí no hay culpa de nadie; está en la decisión que tomes.
¿La cadena del amor
o la cadena del mal?
El verdugo fue, lo decapitó en la cárcel, trajo la cabeza en una charola, se la entregó a la joven y ella se la entregó a su madre.
«Al enterarse de esto, los discípulos de Juan fueron a recoger el cadáver y lo sepultaron».

2. Reflexión (Papa Francisco)

Maestro, heme aquí una vez más ante ti. ¿No es hermoso poder venir ante mi Creador simplemente a conversar? 

Esto es nada menos que imposible siquiera de imaginar para muchos: que una criatura se siente, literalmente, a charlar con la Verdad, con el Inicio y el Fin de todo cuanto existe. Incluso estos mismos conceptos me abisman. Tengo la opción de caer en el miedo o en la sublimación. Yo opto por escucharte.

Tú, Señor, habitas en lo más profundo de nuestro ser; más aún: eres todo en nosotros. Por ti vivo, me muevo, respiro, parpadeo. Me donas la existencia y me regalas la conciencia de reconocerte. No hay mayores dones, en verdad, que los que me dirigen hacia ti.
Herodes era un hombre. Tenía una conciencia también. Como ser humano, percibía en su interior una llamada a acogerte, Dios suyo y mío. Pero libremente, quizás movido en parte por el miedo a su séquito, optó por no atender tu voz.

Eso es lo que veo en este pasaje. No puedo juzgar a este hombre, pero puedo aprender de él.
¿Decapitó a Juan el Bautista como aplacamiento de su conciencia? Es probable. Desconocemos el paradero final de este hombre, pero esperamos lo mejor de él.

Lo que sabemos es que Cristo se encontró con él una vez más poco antes de ser crucificado y que decidió guardar silencio ante un rostro ambicioso de curiosidad y de placer.

¿Quisiste, con tu silencio, gritar a su conciencia?

Tantas palabras, tantos consejos, tantas amonestaciones había recibido este hombre en su vida; poco o nada le moverían unas cuantas más. Pero quizás tu silencio, Señor, quizás ver tu silencio sería su salvación.
¡Un silencio de Dios que puede significar tanto!
¡Y cuánto los sufro en ocasiones! Pero cuánto puedo escucharte en ellos… yo opto por escucharte.
➡️ Es el desconcierto que, frente a la novedad que revoluciona la historia, se encierra en sí mismo, en sus logros, en sus saberes, en sus éxitos.
➡️ El desconcierto de quien está sentado sobre la riqueza sin lograr ver más allá.
➡️ Un desconcierto que brota del corazón de quien quiere controlar todo y a todos.
➡️  El desconcierto del que está inmerso en la cultura del ganar cueste lo que cueste; en esa cultura que solo tiene espacio para los “vencedores”, al precio que sea.
➡️Un desconcierto que nace del miedo y del temor ante lo que nos cuestiona y pone en riesgo nuestras seguridades y verdades, nuestras formas de aferrarnos al mundo y a la vida. 
Y Herodes tuvo miedo, y ese miedo lo condujo a buscar seguridad en el crimen."
Papa Francisco 

Te pido perdón, Jesús, porque muchas veces no somos coherentes con lo que nos dice la conciencia, esa Verdad profunda que nos lleva siempre a amar. Escuchamos tu voz que nos llama a hacer el bien, a actuar coherentemente, pero cuando ya no la escuchamos es porque la conciencia está deformada, enferma o herida; y por eso hacemos el mal que no queremos y no hacemos el bien que queremos.
Pero tú, Jesús, siempre nos das una oportunidad de abrir nuestro corazón a ti, de escucharte, de hacer tu voluntad y de no optar por una doble vida.
A mí me llama mucho la atención que, en este pasaje bíblico, en la figura de Herodes, en el fondo había admiración, había reconocimiento de que Juan era un profeta santo y que sus palabras eran verdad. 
Pero estaba instalado en una opción de vida que no quería cambiar.
Jesús, yo quiero optar por escucharte y seguir tu voz, que me guía desde el interior, y actuar coherentemente haciendo el bien que veo. 

Gracias por la misión que realizas y que hoy sigues teniendo, con tu fama extendiéndose en los cinco continentes. 

Gracias por revelarnos quién eres: Jesús de Nazaret, Dios Emmanuel, el Dios con nosotros, que está vivo y resucitado.

En este Evangelio, Jesús es la Verdad que descoloca.
No porque grite, sino porque su sola presencia obliga a tomar postura.
Para Herodes, Jesús es alguien que no logra comprender del todo: lo confunde, lo inquieta, lo remueve. Lo escucha de lejos, como escuchaba a Juan, con admiración… pero sin conversión.

Y ahí descubro algo fuerte: Jesús no es peligroso por lo que hace, sino por lo que despierta en la conciencia.
Para mí, Jesús es la Voz que insiste en el interior, incluso cuando intento silenciarla.
Es el Dios cercano, Emmanuel, que no se impone por la fuerza, pero tampoco negocia la verdad.
Es el que me ama tanto que no me deja tranquilo cuando vivo dividido.
Jesús, es Aquel ante quien no basta admirar, escuchar o emocionarse:
o se le sigue… o se le evita.
¿Qué mensaje me deja este Evangelio?
Me deja un mensaje claro y exigente:
No basta con escuchar la verdad si no estoy dispuesto a cambiar de vida.
Herodes escucha, admira, respeta… pero no decide.
Y esa indecisión termina en muerte.
El Evangelio me pregunta directamente:
¿A quién escucho cuando debo elegir?
¿A la conciencia o al miedo?
¿A la verdad o a lo que me conviene?
¿Al amor o a la presión de los otros?

También me enseña que el mal no siempre nace del odio, muchas veces nace de:
la comodidad,
la cobardía,
el miedo a perder prestigio,
la incapacidad de romper con una vida que sé que no es correcta.
Y algo más muy fuerte: 👉 Jesús no grita cuando no queremos escucharlo… guarda silencio.
Un silencio que no castiga, sino que respeta nuestra libertad y espera.

Lo que me deja en el corazón
Este Evangelio me invita a preguntarme cada día:
¿Estoy solo escuchando a Jesús… o lo estoy siguiendo de verdad?
Porque Jesús no busca admiradores,
busca corazones coherentes.
Él siempre nos da una oportunidad más.
Siempre.
Pero la decisión —como en Herodes— es mía.

jueves, 5 de febrero de 2026

ALGUNAS INDICACIONES PARA LA MISION . Marcos 6, 7-13.

Jesús nos envía a predicar el Reino
Cuánto te agradezco, Jesús, que tú organices la misión por toda la provincia. Hasta entonces, los discípulos actuaban a tu lado; ahora los envías delante de ti.
Y hoy, tú estás vivo, resucitado, y también nos envías a nosotros. Tú vas delante en la misión.

Jesús nos llama a la misión
“En aquel tiempo, llamó Jesús a los Doce”.
¿También hoy me llamas a mí, Jesús?
Sí, también te llamo: eres parte de esta cadena de discípulos.

“Como el Padre me envió a mí, así yo os envío a vosotros, discípulos míos”.
Los envió de dos en dos”.
Entiendo, Jesús, que nos envías en comunidad: es un signo del Reino, una misión compartida.
Y les dio poder de curar”.
¡Qué alegría, Jesús! Cuando nos envías, tú nos das el poder y la autoridad para anunciar el Reino a todos, y el poder de tu Palabra, que cura todas las enfermedades físicas y psíquicas.
Les mandó que no llevaran nada para el camino: ni pan, ni mochila, ni dinero en el cinturón, sino únicamente un bastón, sandalias y una sola túnica.
Cuánto te agradezco, Jesús, que nos envíes a la misión solo con lo necesario.

Un bastón, en el que podemos apoyarnos en ti, recibiendo tu autoridad para dar la Palabra y el poder de curar con ella.

Una sandalias misioneras que no se desgastarán en el camino porque llevamos la pasión de anunciarte y no nos desgastamos por dentro sino que al contrario nos fortalecemos. 

Una sola túnica entiendo  llevar un solo vestido de la humildad y sencillez en la misión que nos confías .

A lo largo de este camino misionero he experimentado que me basta tu Palabra para anunciarte, y he podido vivir de tu amor providente, porque nunca me ha faltado nada.

Gracias, Jesús, por esta misión que nos apasiona cuando vemos los milagros que realizas.
Y les dijo: 
Cuando entren en una casa, quédense en ella hasta que se vayan de ese lugar”.
Nos pides estabilidad, perseverancia e insistencia en dar la Palabra.
Pero si alguno no la recibe, también nos dices cómo actuar:
“Si en alguna parte no los reciben ni los escuchan, al abandonar ese lugar, sacúdanse el polvo de los pies como advertencia para ellos”.

Es lo que tú has hecho en otros momentos, cuando no han creído en el poder de tu Palabra: te has ido a pueblos vecinos y cercanos donde sí te reciben.
Cuánto te agradezco la libertad de corazón que das a quienes escuchan tu Palabra y quizá no creen aún en ti; sé que esa semilla algún día germinará, como germinó en mí después de tantos años.
Los discípulos se fueron a predicar la conversión. Expulsaban demonios, ungían con aceite a los enfermos y los curaban.

Así como los discípulos fueron a predicar llenos de alegría, así lo hago yo también cuando anuncio tu Palabra, porque voy en tu Nombre.
Soy más feliz cuando te reciben y acogen tu Palabra.

Reflexión – Papa Francisco
Solo bastón y sandalias. Nada de pan, ni dinero, ni alforja, ni otra túnica.
¡Curiosas indicaciones!
Tal vez podría detenerme a meditar en estos consejos que das a los discípulos que envías a predicar el Reino. Yo también pertenezco a tu Reino y, por ello, estos consejos son también para mí.
El bastón no es solo para apoyarse en los largos trayectos que esperan a tus discípulos. El bastón es también señal de autoridad y mandato.
Lo recomiendas porque puede ser la señal externa para que reconozcan a los tuyos como embajadores enviados de parte tuya.
Esto me recuerda una actitud importante del anunciador del Reino: la conciencia de ser enviado.
Las sandalias parecen un elemento importante para todo caminante. No se puede ir descalzo.
Las recomiendas porque permiten caminar con facilidad, sin lastimarse y con mayor rapidez.
Detrás del consejo de las sandalias puede estar la invitación a vivir la virtud del celo apostólico: esa pasión que impulsa a ir siempre por nuevos caminos, a caminar sin descanso, a no dejar de anunciar tu Reino.
Sandalias para la perseverancia en la evangelización.
Los otros elementos son aquellos que pides no llevar: ni pan, ni dinero, ni alforja, ni túnica de recambio.
Detrás de ellos se esconden mis necesidades más profundas y, por tanto, mis seguridades más inmediatas.
La enseñanza que me das es que confíe, que me abandone en tus manos y me deje guiar, proteger, alimentar y cubrir por tu providencia, que nunca abandona a quienes se ofrecen como colaboradores tuyos.
Que estos consejos que hoy me das me ayuden a ser un mejor discípulo de tu Reino y me capaciten para llevar tu amor allí donde más se necesite.
«Eso es lo que significa ser enviado:
seguir a Cristo y no lanzarnos por delante con nuestras propias fuerzas.
El Señor invitará a algunos de vosotros a seguirlo como sacerdotes y convertirse en “pescadores de hombres”.
A otros los llamará a la vida religiosa, a otros a la vida matrimonial, a ser padres y madres amorosos.
Cualquiera que sea vuestra vocación, os exhorto:
¡sed valientes, sed generosos y, sobre todo, sed alegres!».

NADIE ES PROFETA EN SU PROPIA TIERRA.Marcos 6,1-6.

¿De dónde le viene esa sabiduría y ese poder para hacer milagros?

Estaba extrañado de la incredulidad de aquella gente.

"En aquel tiempo, Jesús fue a su tierra en compañía de sus discípulos. 

Cuando llegó el sábado, se puso a enseñar en la sinagoga, y la multitud que lo escuchaba se preguntaba con asombro:

 “¿Dónde aprendió este hombre tantas cosas?
 ¿De dónde le viene esa sabiduría y ese poder para hacer milagros?
¿Qué no es éste el carpintero, el hijo de María, el hermano de Santiago, José, Judas y Simón? ¿No viven aquí, entre nosotros. sus hermanas?” 

Y estaban desconcertados. 
Pero Jesús les dijo: 
Todos honran a un profeta, menos los de su tierra, sus parientes y los de su casa”. 

Y no pudo hacer allí ningún milagro, sólo curó a algunos enfermos imponiéndoles las manos.
 Y estaba extrañado de la incredulidad de aquella gente. Luego se fue a enseñar en los pueblos vecinos.

Reflexión.Papa Francisco

1.Es una realidad el hecho de que Dios no es ajeno a nuestras vidas, menos aún si hay momentos en los cuales no sentimos su voz o creemos que no está a nuestro lado.
  Él, más que nunca, está ahí presente, acompañándonos y sosteniéndonos para seguir adelante.
¿Qué tal está nuestra fe? ¿Realmente creemos o dudamos?

2. Es otra realidad el hecho de que Dios es el único que puede cambiar nuestras vidas.
 Sí podemos decir que las personas nos cambian, que las situaciones nos vuelven personas diferentes, que los lugares o ambientes influyen en nuestras vidas, y tenemos razón, pero, ¿quién está detrás de todo ello? Adivinen. Es Dios quien está ahí, en primera fila, más presente que nunca, y es Él quien se vale de todo ello para enseñarnos y para hacernos cambiar. 
No un cambio solamente exterior, sino un cambio interior, un cambio que incluye nuestra mente y nuestro corazón.
Mientras Jesús crecía, ése al cual llamaban hijo de un carpintero, hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón, a ése, poco a poco la relación íntima que tenía especialmente en la oración con Dios su Padre, le iba cambiando e iba inflamando su corazón de amor por los hombres, tanto así, 
que amó hasta dar su vida para que cada uno de nosotros comprendiéramos cuánto nos ama y nos ha amado desde toda la eternidad.
3. Pidamos a la Santísima Virgen que nos enseñe a reconocer a su hijo Jesucristo, no en los grandes milagros, no en las cosas extraordinarias y deslumbrantes, sino en cada detalle, en cada muestra de amor que nos da día con día.
«Su mirada transforma nuestras miradas, su corazón transforma nuestro corazón. 
Dios es Padre que busca la salvación de todos sus hijos».