UNA CRUZ DE MADERA OCULTA EN UN TROZO DE JABON
Monseñor Van Thuân profundiza en el amor, esencia del cristianismo
CIUDAD DEL VATICANO, 18 abril (ZENIT.org).- Continuamos publicando nuestra
serie de crónicas sobre las meditaciones, inéditas hasta ahora,
pronunciadas por el arzobispo François Xavier Nguyên Van Thuân a Juan Pablo
II durante sus Ejercicios Espirituales de este año (12-18 de marzo).
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«Jesús sale al encuentro de los pecadores --recuerda el prelado
vietnamita--, busca a la samaritana en el pozo de Jacob, perdona a la
Magdalena y a la adúltera; después de la resurrección se aparece a los
apóstoles para darles la paz, sin hacer alusión alguna a sus pecados. Le
dice al ladrón en el Gólgota: "Hoy estarás conmigo en el Paraíso". Y a
Zaqueo: "Hoy la salvación ha entrado en esta casa". El amor que Jesús ha
sembrado en nosotros, nos sitúa en el corazón del Padre, en el corazón de
Aquél que "tanto amó al mundo que le dio su Hijo unigénito... para que el
mundo se salve por medio de Él».
Esta alegría que imprime el amor, según monseñor Van Thuân ha quedado
magistralmente plasmada en un canto que los cristianos escuchan en la
Vigilia de Pascua, el «Exultet»: «¡Oh inmensidad de tu amor por nosotros!
¡Oh inestimable signo de bondad: para rescatar al esclavo, sacrificaste a
tu Hijo!... ¡Hijos en el Hijo, que se entregó totalmente, podemos hacer
exultar la
humanidad por el don de la salvación!».
«Como peregrino divino, --dice el predicador del Papa-- Jesús ha implantado
en nuestro corazón su arte de amar. Donde éste florece, los hombres
advierten el perfume de la Buena Nueva. Recuerdo ciertos momentos de mi
vida. Cuando estuve en aislamiento, me confiaron a un grupo de cinco
guardias: por turnos, dos estaban siempre conmigo. El jefe les dijo: "Os
sustituiremos cada dos semanas por otro grupo, para que no os 'contaminéis'
con este peligroso obispo". Pero enseguida decidieron: "No os cambiaremos
más, si no, este peligroso obispo contaminará a todos los vigilantes". Al
principio los guardias no hablaban conmigo. Contestaban sólo sí o no. Era
verdaderamente triste. Quería ser atento y cortés con ellos, pero era
imposible. Evitaban hablar conmigo. Una noche me vino un pensamiento:
"François, tu eres todavía muy rico, tienes el amor de Cristo en tu
corazón; ámales como Jesús te ha amado". Al día siguiente empecé a amarles,
a amar a Jesús en ellos, sonriendo, intercambiando con ellos palabras
amables. Comencé a contarles historias de mis viajes al extranjero, sobre
cómo vive la gente en América, en Canadá, en Japón, en Filipinas..., sobre
la economía, la libertad, la tecnología. Ello estimuló su curiosidad y les
empujó a hacerme muchísimas preguntas. Poco a poco nos hicimos amigos.
Quisieron aprender las lenguas extranjeras: francés, inglés... Así que
improvisamos una escuela de idiomas. ¡Mis guardias se convirtieron en mis
estudiantes!"».
«En la montaña de Vinh Phú, --sigue contando Van Thuân-- en la prisión de
Vinh Quang, un día de lluvia tuve que cortar leña. Pregunté al guardia:
--¿Puedo pedirle un favor?»
--Dígame. Le ayudaré.
--Quisiera cortar un trozo de madera en forma de cruz.
--No sabe que está terminantemente prohibido tener cualquier símbolo
religioso?"
--Lo sé --repuse-- pero somos amigos, y prometo esconderla.
--Resultaría extremadamente peligroso para los dos.
--Cierre los ojos, lo haré ahora, y seré muy cauto.
»El se retiró y me dejó solo. Corté la cruz y la tuve oculta en un trozo de
jabón hasta mi liberación. Con una moldura de metal, éste trozo de madera
se convirtió en mi cruz pectoral. En otra prisión, pedí un tramo de cable
eléctrico a mi guardia, que ya era amigo mío. Asustado, me dijo: "He
estudiado en materia de seguridad que si alguien quiere cable significa que
quiere suicidarse". Le expliqué: "Los sacerdotes católicos no cometen el
suicidio". "¿Y qué quiere hacer con un cable?". "Quisiera hacer una cadena
para llevar mi cruz", le respondí. "¿Cómo puede hacer una cadena con un
cable eléctrico? ¡Es imposible!". "Si me trae dos pequeñas tenazas se lo
mostraré"."¡Es demasiado peligroso!". "¡Pero somos amigos!"»
«Vaciló --continúa explicando monseñor Van Thuân, sin embargo a los tres
días me dijo: "Es difícil negarle algo a usted". Y actuando de manera que
nadie nos descubriese, con dos pequeñas tenazas cortamos el cable en trozos
de la dimensión de una cerilla, los trabajamos... hicimos esta labor de 7 a
11 de la noche, antes de que llegase el relevo de guardia. Esta cruz y esta
cadena la llevo conmigo cada día, no porque sean recuerdos de la prisión,
sino porque indican una convicción profunda, una llamada constante para mí:
sólo el amor cristiano puede cambiar los corazones, no
las armas ni las amenazas. El amor lo vence todo. Es el amor el que prepara
el camino al anuncio del Evangelio. Es el amor la primera evangelización».
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CUANDO LOS LABIOS NI SIQUIERA PUEDEN REZAR
Confesiones de monseñor François Xavier Nguyên Van Thuân
CIUDAD DEL VATICANO, 23 abril (ZENIT.org).- Continuamos publicando nuestra
serie de crónicas sobre las meditaciones, inéditas hasta ahora,
pronunciadas por el arzobispo François Xavier Nguyên Van Thuân a Juan Pablo
II durante sus Ejercicios Espirituales de este año (12-18 de marzo).
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Para explicar el significado de la oración, monseñor François Xavier Nguyên
Van Thuân cuenta: «Después de mi liberación, mucha gente me decía: "Padre,
usted ha tenido mucho tiempo para orar en prisión". No es tan simple como
se puede pensar. El Señor me ha permitido experimentar toda mi debilidad,
mi fragilidad física y mental. El tiempo pasa lentamente en prisión,
particularmente durante el aislamiento. Imaginad una semana, un mes, dos
meses de silencio... Son terriblemente largos, pero cuando se transforman
en años, son una eternidad. ¡Había días que, extenuado por el cansancio de
la enfermedad, no alcanzaba a recitar una oración! Ha habido prolongados
momentos en mi vida en los que he sufrido por no conseguir rezar. He
experimentado el abismo de mi debilidad física y mental. Muchas veces he
gritado como Jesús en la cruz: "Dios mío, porqué me has abandonado". En
esta desdichada situación suelo recurrir a Nuestra Señora, diciendo:
"Madre, ves que estoy al límite, no logro recitar ninguna oración. Así que
diré solamente 'Ave, Maria', con todo mi afecto. Poniendo todo en tus
manos, repetiré: 'María: Te ruego que lleves esta oración a todos aquellos
que lo necesiten, en la Iglesia, en mi diócesis..."».
Van Thuân explica que «para estar en oración, me ayuda intentar ser un
Avemaría viviente. Otra oración que me ayuda a hablar con Jesús es el
Padrenuestro. Cuando, quebrado y sin fuerza, no conseguía ni siquiera
rezar, pensaba en el Padrenuestro en una fórmula abreviada, muy concisa:
Por el Padre: tu nombre, tu reino, tu voluntad. Por la humanidad: nuestro
pan, nuestras ofensas, nuestra tentación».
«Se puede aprender mucho sobre la oración, sobre el genuino espíritu de
oración, particularmente cuando se sufre por no poder orar, a causa de la
debilidad física, de la imposibilidad de concentrarse, de la aridez
espiritual, con la sensación de estar abandonado por Dios y tan lejos de Él
como para no poder dirigirle la palabra --añade el arzobispo vietnamita--.
Y tal vez es justo en estos momentos cuando se descubre la esencia de la
oración, cuando se comprende cómo poder vivir aquel mandato de Jesús que
dice: 'es preciso orar siempre'. De los Padres del desierto al peregrino
ruso, de los monjes de occidente a los de oriente hay una sola
preocupación, una búsqueda apasionada: la de poder poner en práctica una
oración perseverante e ininterrumpida, en la cual --como dice Casiano--
"está el punto culminante de la perfección del corazón"--. ¿Pero de qué
sirve en la vida cotidiana, en la rutina del trabajo y de las relaciones, a
mantenerse en un estado de oración, o sea de unión con Dios?», se pregunta
Van Thuân.
«Me ha impresionado, leyendo a los Padres del desierto --para quienes la
soledad es una condición sine qua non de la oración continua-- un episodio
poco conocido pero muy significativo. Se dice que un día, el gran Antonio
tuvo un revelación: "En la ciudad hay uno que se te parece: es de profesión
médico, da lo innecesario a los pobres y todo el día canta el trisagio con
los ángeles". ¿Cómo hacía este desconocido médico de Tebaide para practicar
una forma tan alta de oración? Tal vez la clave la aporta Agustín cuando
afirma: si continuo es tu deseo ("desiderium") continua es la oración".
Para Agustín ese "desiderium" se identifica con la "caritas", y la caridad
conduce a hacer el bien, de manera que otro modo para hacer continua la
oración consiste en hacer el bien, en el "bene agere". ¿Quién podrá
perseverar en la alabanza a Dios todo el día? Te sugiero un medio para
alabar a nuestro Dios el día entero, si quieres. Todo lo que hagas, hazlo
bien; has dado gloria a Dios».
«Un moderno experto de espiritualidad ha condensado en pocas palabras toda
la tradición y el sentir de nuestro tiempo sobre la oración diciendo: "El
verdadero camino de la oración es la vida. Una oración continua es una vida
enteramente dedicada al servicio de Dios. Esta es la única manera de orar
siempre. La oración es continua cuando es continuo el amor. El amor es
continuo cuando es único y total"».
El arzobispo vietnamita concluye explicando que: «Todas las oraciones,
unidas una a otra, forman una vida de oración. Como una cadena de gestos
discretos, de miradas, de palabras íntimas, forman una vida de amor. Nos
mantienen en un ambiente de oración sin distraernos de la tarea presente,
pero nos ayudan a santificar cada cosa».