Jn 12, 1-3 – Celebrando en familia
Asistimos a una comida y a una unción.
La comida significa la alegría de la Resurrección; la unción, en cambio, está dirigida a la sepultura de Jesús.
La comida reúne a Jesús con Lázaro, y el hecho de que Lázaro esté a la mesa comiendo quiere decir que está vivo.
La principal intención de la unción no es la gratitud por el perdón de los pecados ni el agradecimiento por el hermano resucitado —aunque tampoco se excluyen del todo—.
El gesto es totalmente sorprendente: Jesús es ungido como se unge a un noble cadáver. Se anuncia ya su muerte y se anticipa su sepultura.
El olor del perfume que llena toda la casa se opone al olor de muerte que impregnaba el relato anterior sobre la muerte de Lázaro.
La resurrección de Lázaro es el olor de la vida que triunfa sobre la muerte.
El evangelista hace un retrato fiel de la familia de Lázaro y acentúa con fuerte contraste dos figuras: la espléndida generosidad de María y la rastrera actitud de Judas.
La invitación es a saborear este momento de fiesta. Hay mucha alegría en esta familia, y lo manifiestan ofreciendo una cena en honor de Jesús.
El mal ambiente que había en esta familia por el mal olor de la muerte se transforma en el buen olor de vida, el del perfume de nardo que María derramó a los pies de Jesús, representando la dignidad. Me llamó la atención que derramara medio litro sobre los pies de Jesús y los secara con su cabello.
El gesto muestra cercanía física: una mujer se acerca a alguien que no es su esposo ni su hermano y se inclina hasta sus pies. Es un acto de humildad: se coloca como criatura ante su Creador, postrada y rendida. Marta, por su parte, sirve en la mesa con una actitud diferente: más relajada, porque el servicio se convierte en una fiesta. Y Lázaro está sentado a la mesa junto a Jesús.
Ese estar sentado, reclinado sobre Jesús después de haber estado muerto, expresa descanso en Él. Esa composición familiar, entre los hermanos, manifiesta su amor a Jesús de una manera diferente. Veo a esa familia sirviendo, amando. Es difícil pensar que ese perfume fuera solo de María: debía ser el perfume de toda la familia.
Jesús se merece todo, no solo un poco. Ese perfume representa nuestra vida, que no nos pertenece. ¡Qué alegría poder compartirla amando a Jesús! Los tres, en comunión, dan honor a Cristo y expresan que le aman.
Gracias, Jesús, por esta llamada a ser generosos, dándolo todo, porque hemos recibido todo. La vida se nos da y la merecemos dándola.
Tú eres la Vida y nos llamas a ser “el buen olor de Cristo” (cf. 2 Cor 2, 14-17).
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