lunes, 11 de mayo de 2026

Te amaré predicando tú nombre


La predicación es fruto del amor a Jesús.

"En aquellos días, Felipe bajó a la ciudad de Samaria y predicaba allí a Cristo. El gentío escuchaba con aprobación lo que decía Felipe, porque habían oído hablar de los signos que hacía, y los estaban viendo: de muchos poseídos salían los espíritus inmundos lanzando gritos, y muchos paralíticos y lisiados se curaban. La ciudad se llenó de alegría.
(Hechos de los Apóstoles 8, 5-8)

la predicación nace de una experiencia viva del amor de Dios. 
“¿Cómo te pagaré todo el bien que me has hecho?
Te amaré predicando, dando a conocer todo el amor que he recibido.”
Esa es la actitud del discípulo: no anunciar por obligación, sino como respuesta agradecida al amor recibido.
 El amor verdadero siempre quiere compartirse.
 Cuando alguien ha experimentado la misericordia de Dios, nace el deseo de que otros también conozcan esa alegría.

¿Quién era Felipe?
Felipe fue uno de los siete hombres elegidos para atender a las viudas que quedaban desatendidas en el servicio cotidiano. 
Los Doce convocaron a todos los discípulos y dijeron:
“No es justo que nosotros descuidemos la Palabra de Dios para servir a la mesa. 
Por tanto, hermanos, elegid entre vosotros siete hombres respetados, llenos de espíritu y de prudencia, y los encargaremos de esa tarea.”
(Hechos de los Apóstoles 6, 1-3)

Felipe no predicaba solo con palabras, sino desde una vida llena del Espíritu Santo y de servicio humilde.
Primero fue elegido para servir a las viudas, una tarea sencilla y silenciosa, y desde esa fidelidad Dios lo llevó a anunciar a Cristo con poder en Samaria.
Felipe era un hombre lleno del Espíritu Santo.
 Predicaba la Palabra de Dios porque el Espíritu se lo insinuaba en lo profundo del corazón.
 Fue fiel a esa voz interior, y todos los que escuchaban y veían las señales realizadas quedaban admirados: paralíticos y lisiados eran curados, y la ciudad rebosaba de alegría al escuchar la Palabra de Dios.

¡Qué frutos tan maravillosos podemos percibir cuando somos fieles a la voz del amor!
Es la fuerza del amor la que nos lleva a proclamar la Palabra. Cuando hemos experimentado la misericordia y la ternura de Dios, nace en nosotros el deseo de que otros también puedan encontrar esa misma alegría.

Felipe nos enseña
 a servir con humildad, 
a escuchar la voz del Espíritu Santo 
y a anunciar a Cristo con obras y palabras. 
Y el fruto de esa fidelidad siempre será la alegría, la esperanza y la sanación de muchos corazones.

Te amaré predicando tu nombre para que muchos te reciban con alegría.”

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