Experiencia de Pablo en Filipos.
«Pablo, llamado a ser apóstol de Cristo Jesús por voluntad de Dios» (1 Co 1,1).
Un corazón misionero, a tiempo y a destiempo.
La misión no es turismo; es un encargo recibido por voluntad de Dios. Y Pablo es fiel a esa llamada: la misión de predicar la Palabra.
Es también la llamada que nosotros hemos recibido:
«Como el Padre me envió, así os envío yo».
La misión se vive en comunidad.
Y este encargo no es solo para hablar a multitudes, que quizá nunca tengamos delante, sino también a aquellos que están abiertos a escuchar la Palabra.
Y siempre la oración prepara el corazón para anunciarla.
Pablo nos cuenta su experiencia:
«Nos embarcamos en Tróada y fuimos derechos a Samotracia, y al día siguiente a Neápolis;
de allí pasamos a Filipos, una de las principales ciudades de Macedonia y colonia romana.
En esta ciudad nos detuvimos algunos días.
El sábado salimos fuera de la puerta, a la orilla de un río, donde suponíamos que habría un lugar de oración».
La predicación nace de un corazón enamorado de Dios.
Así sucede con Pablo: buscan un lugar tranquilo para orar, la orilla de un río.
«Nos sentamos».
Es decir, comenzaron a orar.
¡Cómo disfrutamos esos momentos de oración a solas con quien sabemos que nos ama! Como decía santa Teresa:
«La oración es estar a solas con quien sabemos que nos ama».
¡Cuánta sed tenemos de orar! Aunque muchos aún no lo descubren,
aquellas mujeres que fueron a la orilla del río tenían sed, no solo de agua, sino también de la Palabra de Dios.
Ojalá nosotros también tuviéramos esa sed y buscáramos al Señor para saciar el alma.
Y esa agua limpia y transparente, que es el amor de Dios, no podemos retenerla; debemos dejar que corra hacia otros.
Eso hace Pablo cuando dice:
«Y empezamos a hablar a las mujeres que habían concurrido».
La Palabra abre el corazón, sacia nuestra sed, afina el oído para la escucha y transforma la vida.
Esa fue la experiencia de Lidia:
«Una de ellas, llamada Lidia, vendedora de púrpura, natural de Tiatira y adoradora de Dios, escuchaba atentamente.
El Señor le abrió el corazón para que aceptara las palabras de Pablo».
La acogida de la Palabra nos lleva a la misión, comenzando por nuestra propia casa y nuestra familia.
Lidia no recibió sola el bautismo; también lo recibieron los de su casa:
«Cuando ella y los de su casa recibieron el bautismo, nos suplicó: “Si consideráis que soy fiel al Señor, venid y quedaos en mi casa”. Y nos obligó a ir»
(Hch 16,1-15).
La misión comienza en la familia.
Y qué hermosa invitación:
«Venid a mi casa».
Es la acogida a Jesús.
Es aceptar la fe y convertir el hogar en lugar de encuentro y de misión.
Eso es vivir una misión en salida.
El papa Francisco define la «Iglesia en salida»
como una Iglesia en estado permanente de misión,
que abandona la comodidad para llevar el Evangelio a todas las periferias humanas y geográficas.
No se trata de proselitismo, sino de un testimonio incansable de alegría y amor.
La misión no es tarea de unos pocos especialistas, sino de cada bautizado, llamado a compartir su vida y su fe.
Como recuerda Evangelii Gaudium:
Una Iglesia que no sale, se enferma.
La misión se vive con alegría, no como una carga.
Evangelizar es salir al encuentro del otro.
La Iglesia no crece por proselitismo, sino por atracción y testimonio de vida.
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