martes, 22 de abril de 2025

EN VERDAD HA RESUCITADO EL VIVE EN NOSOTROS

Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída».
Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció de su vista.
Y se dijeron el uno al otro:
 «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?».
Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo:
 «Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón».
Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

lunes, 21 de abril de 2025

Abrazar al Señor en la cruz. Papa Francisco


Meditación del Papa Francisco en bendición Urbi et Orbi por pandemia del coronavirus

«Al atardecer» (Mc 4,35). Así comienza el Evangelio que hemos escuchado. Desde hace algunas semanas parece que todo se ha oscurecido. Densas tinieblas han cubierto nuestras plazas, calles y ciudades; se fueron adueñando de nuestras vidas llenando todo de un silencio que ensordece y un vacío desolador que paraliza todo a su paso: se palpita en el aire, se siente en los gestos, lo dicen las miradas.

Nos encontramos asustados y perdidos. Al igual que a los discípulos del Evangelio, nos sorprendió una tormenta inesperada y furiosa. Nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados; pero, al mismo tiempo, importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos, todos necesitados de confortarnos mutuamente.

En esta barca, estamos todos. Como esos discípulos, que hablan con una única voz y con angustia dicen: “perecemos” (cf. v. 38), también nosotros descubrimos que no podemos seguir cada uno por nuestra cuenta, sino solo juntos. Es fácil identificarnos con esta historia, lo difícil es entender la actitud de Jesús.

Mientras los discípulos, lógicamente, estaban alarmados y desesperados, Él permanecía en popa, en la parte de la barca que primero se hunde. Y, ¿qué hace? A pesar del ajetreo y el bullicio, dormía tranquilo, confiado en el Padre —es la única vez en el Evangelio que Jesús aparece durmiendo—.

Después de que lo despertaran y que calmara el viento y las aguas, se dirigió a los discípulos con un tono de reproche: «¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?» (v. 40). Tratemos de entenderlo. ¿En qué consiste la falta de fe de los discípulos que se contrapone a la confianza de Jesús? Ellos no habían dejado de creer en Él; de hecho, lo invocaron. Pero veamos cómo lo invocan: «Maestro, ¿no te importa que perezcamos?» (v. 38).

No te importa: pensaron que Jesús se desinteresaba de ellos, que no les prestaba atención. Entre nosotros, en nuestras familias, lo que más duele es cuando escuchamos decir: “¿Es que no te importo?”. Es una frase que lastima y desata tormentas en el corazón. También habrá sacudido a Jesús, porque a Él le importamos más que a nadie. De hecho, una vez invocado, salva a sus discípulos desconfiados.

La tempestad desenmascara nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto esas falsas y superfluas seguridades con las que habíamos construido nuestras agendas, nuestros proyectos, rutinas y prioridades. Nos muestra cómo habíamos dejado dormido y abandonado lo que alimenta, sostiene y da fuerza a nuestra vida y a nuestra comunidad.

La tempestad pone al descubierto todos los intentos de encajonar y olvidar lo que nutrió el alma de nuestros pueblos; todas esas tentativas de anestesiar con aparentes rutinas “salvadoras”, incapaces de apelar a nuestras raíces y evocar la memoria de nuestros ancianos, privándonos así de la inmunidad necesaria para hacerle frente a la adversidad.

Con la tempestad, se cayó el maquillaje de esos estereotipos con los que disfrazábamos nuestros egos siempre pretenciosos de querer aparentar; y dejó al descubierto, una vez más, esa (bendita) pertenencia común de la que no podemos ni queremos evadirnos; esa pertenencia de hermanos.

«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». Señor, esta tarde tu Palabra nos interpela y se dirige a todos. En nuestro mundo, que Tú amas más que nosotros, hemos avanzado rápidamente, sintiéndonos fuertes y capaces de todo. Codiciosos de ganancias, nos hemos dejado absorber por lo material y trastornar por la prisa.

No nos hemos detenido ante tus llamadas, no nos hemos despertado ante guerras e injusticias del mundo, no hemos escuchado el grito de los pobres y de nuestro planeta gravemente enfermo. Hemos continuado imperturbables, pensando en mantenernos siempre sanos en un mundo enfermo.

Ahora, mientras estamos en mares agitados, te suplicamos: “Despierta, Señor”. «¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». Señor, nos diriges una llamada, una llamada a la fe. Que no es tanto creer que Tú existes, sino ir hacia ti y confiar en ti. En esta Cuaresma resuena tu llamada urgente: “Convertíos”, «volved a mí de todo corazón» (Jl 2,12).

Nos llamas a tomar este tiempo de prueba como un momento de elección. No es el momento de tu juicio, sino de nuestro juicio: el tiempo para elegir entre lo que cuenta verdaderamente y lo que pasa, para separar lo que es necesario de lo que no lo es. Es el tiempo de restablecer el rumbo de la vida hacia ti, Señor, y hacia los demás.

Y podemos mirar a tantos compañeros de viaje que son ejemplares, pues, ante el miedo, han reaccionado dando la propia vida. Es la fuerza operante del Espíritu derramada y plasmada en valientes y generosas entregas. Es la vida del Espíritu capaz de rescatar, valorar y mostrar cómo nuestras vidas están tejidas y sostenidas por personas comunes —corrientemente olvidadas— que no aparecen en portadas de diarios y de revistas, ni en las grandes pasarelas del último show pero, sin lugar a dudas, están escribiendo hoy los acontecimientos decisivos de nuestra historia: médicos, enfermeros y enfermeras, encargados de reponer los productos en los supermercados, limpiadoras, cuidadoras, transportistas, fuerzas de seguridad, voluntarios, sacerdotes, religiosas y tantos pero tantos otros que comprendieron que nadie se salva solo.

Frente al sufrimiento, donde se mide el verdadero desarrollo de nuestros pueblos, descubrimos y experimentamos la oración sacerdotal de Jesús: «Que todos sean uno» (Jn 17,21). Cuánta gente cada día demuestra paciencia e infunde esperanza, cuidándose de no sembrar pánico sino corresponsabilidad. Cuántos padres, madres, abuelos y abuelas, docentes muestran a nuestros niños, con gestos pequeños y cotidianos, cómo enfrentar y transitar una crisis readaptando rutinas, levantando miradas e impulsando la oración. Cuántas personas rezan, ofrecen e interceden por el bien de todos. La oración y el servicio silencioso son nuestras armas vencedoras. 

«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». El comienzo de la fe es saber que necesitamos la salvación. No somos autosuficientes; solos nos hundimos. Necesitamos al Señor como los antiguos marineros las estrellas. Invitemos a Jesús a la barca de nuestra vida. Entreguémosle nuestros temores, para que los venza.

Al igual que los discípulos, experimentaremos que, con Él a bordo, no se naufraga. Porque esta es la fuerza de Dios: convertir en algo bueno todo lo que nos sucede, incluso lo malo. Él trae serenidad en nuestras tormentas, porque con Dios la vida nunca muere. El Señor nos interpela y, en medio de nuestra tormenta, nos invita a despertar y a activar esa solidaridad y esperanza capaz de dar solidez, contención y sentido a estas horas donde todo parece naufragar.

El Señor se despierta para despertar y avivar nuestra fe pascual. Tenemos un ancla: en su Cruz hemos sido salvados. Tenemos un timón: en su Cruz hemos sido rescatados. Tenemos una esperanza: en su Cruz hemos sido sanados y abrazados para que nadie ni nada nos separe de su amor redentor. En medio del aislamiento donde estamos sufriendo la falta de los afectos y de los encuentros, experimentando la carencia de tantas cosas, escuchemos una vez más el anuncio que nos salva: ha resucitado y vive a nuestro lado.

El Señor nos interpela desde su Cruz a reencontrar la vida que nos espera, a mirar a aquellos que nos reclaman, a potenciar, reconocer e incentivar la gracia que nos habita. No apaguemos la llama humeante (cf. Is 42,3), que nunca enferma, y dejemos que reavive la esperanza.

Abrazar su Cruz es animarse a abrazar todas las contrariedades del tiempo presente, abandonando por un instante nuestro afán de omnipotencia y posesión para darle espacio a la creatividad que sólo el Espíritu es capaz de suscitar. Es animarse a motivar espacios donde todos puedan sentirse convocados y permitir nuevas formas de hospitalidad, de fraternidad y de solidaridad.

En su Cruz hemos sido salvados para hospedar la esperanza y dejar que sea ella quien fortalezca y sostenga todas las medidas y caminos posibles que nos ayuden a cuidarnos y a cuidar. Abrazar al Señor para abrazar la esperanza. Esta es la fuerza de la fe, que libera del miedo y da esperanza.

«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». Queridos hermanos y hermanas: Desde este lugar, que narra la fe pétrea de Pedro, esta tarde me gustaría confiarlos a todos al Señor, a través de la intercesión de la Virgen, salud de su pueblo, estrella del mar tempestuoso. Desde esta columnata que abraza a Roma y al mundo, descienda sobre vosotros, como un abrazo consolador, la bendición de Dios.

Señor, bendice al mundo, da salud a los cuerpos y consuela los corazones. Nos pides que no sintamos temor. Pero nuestra fe es débil Señor y tenemos miedo. Mas tú, Señor, no nos abandones a merced de la tormenta. Repites de nuevo: «No tengáis miedo» (Mt 28,5). Y nosotros, junto con Pedro, “descargamos en ti todo nuestro agobio, porque sabemos que Tú nos cuidas” (cf. 1 P 5,7)

HACER GERMINAR LA ESPERANZA PASCUAL EN NUESTRAS VIDAS

Gracias Papa Francisco por las palabras tan sabias el Domingo de resurrección.

"Cristo vive: hay que buscarlo

 Cristo ha resucitado, está vivo. 

Por eso, no debemos buscarlo en el sepulcro.

 No se trata de una bella historia del pasado ni de un héroe para recordar o una estatua para admirar.

Todo lo contrario: 

hay que salir a buscarlo. 

Buscarlo en la vida diaria, en el rostro de los hermanos, en lo cotidiano, en lo inesperado. Buscarlo en todas partes, excepto en el sepulcro.

"Buscarlo siempre"

Porque si ha resucitado, entonces está presente en todo lugar. Habita entre nosotros, se revela —y también se oculta— en las personas que encontramos cada día, en los momentos más sencillos e impredecibles de la vida.

"Él está vivo y permanece con nosotros", 

"llorando con quienes sufren y multiplicando la belleza de la vida en los pequeños gestos de amor  de cada uno".(Homilía Papa Francisco 20 de abril/2025)

Se abren las puertas del cielo Ha Resucitado

Gracias mi Jesús resucitado hoy un nuevo día una nueva primavera está surgiendo con tu resurrección. 
Embelleciendo el mundo entero, todo comienza a florecer.
 Hoy como flor escogida ha sido elegida en el jardín de la iglesia el Papa Francisco a sentarse en el banquete de honor eterno 
todos sentados a la mesa y tú Jesús te pones el delantal y comienzas a servir a todos aquellos que finalizaron su servicio aquí en la Tierra
 Gracias Papa Francisco por tu fidelidad al Espíritu  Santo hasta el final.

martes, 28 de enero de 2025

HAS MEMORIA DE TODO LO QUE EL SEÑOR HA HECHO EN TÌ



eñor Jesús quiero que recordemos juntos lo que tú has hecho en mí. En  todos  estos años de mi vida misionera .
Primero  te  quiero agradecer  porque si estoy aun ahora aquí en este momento como misionera  Verbum Dei es porque tú me has  ido dando la gracia, la fuerza,  y la alegría de continuar el camino.
Me ha sostenido tu fidelidad, y me has dado la gracia también de serte fiel, en lo que yo he  tenido de luz, me has dado la fortaleza,  en medio de dificultades,  que he tenido y que he pasado a lo largo del camino, me has mantenido en un camino de fe donde ha habido momentos en que he sentido tus pasos, tu presencia, y he experimentado una alegría, un gozo  que no se puede expresar;
pero también he experimentado momentos donde no he sentido  tu presencia, pero  si mucha luz que siempre la he tenido, aún en la aridez,  y  la paz interior  signo de  tu  presencia.
Cuantas veces recuerdo después del curso de formación  en Venezuela,  aquella canciòn que me cantaba  una  misionera:

“oh, oh mi Dios  quien eres tú lo más cerca y más lejano que hay en el hombre, siento   el rumor  de tu presencia  te  he buscado en el monte y en el mar  y ahora cansado del camino ahora descubro que es  en mi donde tú estás.”
Y  esta canción me hacía llorar, porque cuando sentía  que no estabas, estabas en mi , en mi corazón.
Si a lo largo de toda mi vida  esta certeza de fe me ha acompañado.
La certeza de tú Amor es lo que me ha mantenido  a  lo largo de mi vida misionera,  aun en  las dificultades.  
Siempre me has colmado el corazón, y te he experimentado como esposo, amigo, hermano,  como Padre, y como Madre.

Me he  experimentado en todas las etapas de mi  vida  muy comprendida,  y aceptada, muy amada,  muy valorada,

Recuerdo en los comienzos de mi vida misionera,  que mi deseo era ser una gran apóstol,  y recuerdo que en el curso  de formación una  misionera me decía tú serás  una buena misionera para latino América, siempre esperé  ese  momento, desde mis ojos  esa promesa  no la veía cumplida, al contrario me sentía pequeña,  y que la talla de esa gran  misionera  no la alcanzaba.

Y aún desde mi mirada lo  sigo viendo así. Algunos años sentía tristeza, , porque no llego, no alcanzo,  no soy este gran apóstol.

Hasta que  he comprendido que soy la misionera apóstol, por tus caminos de abajamiento, de pequeñez, de pobreza, sencillez, humildad, y que es por este caminito que tu  quieres que yo sea una gran apóstol misionera, y ha habido momentos  en donde tu me has confiado mucho, me has dado responsabilidades  y han  habido momentos donde he vivido  mi entrega desde lo pequeño. entiendo que para aprender a  vivir mi ser  misionera. Apoyada en lo esencial, y no en lo externo en lo  que hago, sino apoyada en tu Amor. Es lo único que me pides dando sencillamente lo que me vas pidiendo y confiándome a las personas  que tu quieres.
Hoy Señor me haces entrar en tu mirada y me haces valorar  mi entrega, mi vida, y me haces entender  que lo importante es el ser que el hacer y que desde  donde estoy  puedo vivir y seguiré viviendo estos caminos tuyos, quiero Jesús decirte que no quiero ser dueña de mi vida y de mi voluntad quiero aceptar lo que tú me digas atreves de la comunidad.

Te amo Luisa desde siempre te he amado y te seguiré amando.

Yo habito en tu interior, entre tu y yo  hay una comunión,  estamos estrechamente unidos,  nada ni nadie  nos podrá separar,

Permanece en mi amor si permaneces en mi amor te mantendrás en mi auténtica alegría yo soy tu cimiento.

 Que  regalo  poder construir mi vida sobre este cimiento por haberte
conocido un día, porque me llamaste, me elegiste, me amaste,  y me regalaste una vocación, gracias  Jesús  por no ser  solo tuya, sino hacer de mi vida  un regalo para toda la humanidad, de generación en generación.
 en  mi vida ha habido vientos  fuertes, tormentas, lluvias torrenciales, terremotos, temblores, pero  mi vida no se ha hundido.
Porque tu me has sostenido y esto me hace  vivir en confianza.
Te pido por  las personas  que no creen en ti,  pero porque no te conocen y están  construyendo su vida,  sobre arena,aunque  tengan una  buena carrerea, , aunque sean inteligentes,  y guapas, ,jóvenes,  pero les falta lo esencial, el Amoe.
 Que eres tu,  por eso hay vacìo, desorientación, sin sentido,soledad, y mucha carencia de amor.
Si te pudieran acoger  Jesùs, acoger la fe.
No es cuestión de  comprender nada, solo creer que eres persona,  entendiendo que el ser persona atañe al ser espiritual.

Te pido  Jesùs por ellos para que construyan su vida sobre  roca.

jueves, 23 de enero de 2025

SEÑOR ENSEÑANOS A ORAR

1.               ¿Qué es Orar?


Orar es una necesidad VITAL

Al concebir que tenemos una vida Humana, que conocemos y cultivamos de la mejor manera para mantenerla SANA, hacerle crecer y que sea fecunda, es imprescindible concebir que todo hombre y mujer tiene también una Vida espiritual que debe ser cuidada y formada con la misma o mayor dedicación que la vida corporal.
 Esta vida espiritual es la que nos impulsa a ser y actuar como lo hacemos; los estados de ánimo, la manera de ver la vida, y sobre todo la concepción de un Dios son derivaciones de la vida espiritual.
 Cuando uno cae en la cuenta de que la oración es tan necesaria a nuestra vida espiritual como lo es la respiración al cuerpo, se plantea una cuestión ¿Cómo hacer Oración?
 Hay días en que nada es tan sencillo como Orar, hay disposición y claridad o por lo menos la dificultad no es insuperable. Pero ¿Cuándo la oración no nos dice nada? Entonces el Evangelio es explícito “Velen y Oren, para no caer en Tentación”, aun cuando no se tenga el menor deseo de orar.
 En resumidas cuentas si la respuesta es Orar y es algo tan fundamental, 

¿Qué es Orar? ¿Cómo Orar?

¿Consiste en recitar fórmulas ya hechas? Evidentemente esto no basta y se corre peligro de que se caiga en algo no propio e impersonal, como quien recita un poema a alguien o dedica una canción que no nace del corazón; pero por otro lado si dejamos las fórmulas nos encerramos en nosotros mismos o quizás divagamos y nos sentimos perdidos y distraídos por completo.


es hablar con DIOS. 

Orar, ¿No es hacerle peticiones a Dios? Y, ¿Qué le debemos Pedir? Por lo demás, ¿puede reducirse a peticiones el trato verdaderamente personal, digno de Dios?, ¿y Digno de nosotros? En fin ¿De veras se escucha a Dios?
 A veces creemos que orar es una simple acción que hacemos nosotros solos, como por ejemplo, redactar o escribir una carta, desarrollar el tema en una reunión, etc.
  Ante todo es DIOS en nosotros. Durante la oración, el Espíritu Santo- sin que nos demos cuenta-, nos transforma, aclara nuestro entendimiento, nos inclinan el corazón a comprender y a gustar las cosas de Dios es decir, las realidades del EVANGELIO: Ver, sentir, juzgar, amar todas las cosas como Jesus las ve, las siente, las juzga y las ama.
Para que esto suceda debe existir una confianza total, y una disposición para ese dialogo formador,

 ¿Qué debemos hacer cuando Oramos?
Ponerse a Disposición de Dios, nuestros esfuerzos deben estar centrados en recogernos, prescindir de las ocupaciones, para que esos 15 o 30 minutos robados al sueño, al descanso, y que parecen humanamente perdidos, sean un sacrificio agradable al Señor, y lo inclinen a OBRAR en nosotros.
 En segundo Lugar debemos ofrecernos totalmente a Jesús “Aquí me tienes, Señor, Has tu obra en mi” Luego debemos reflexionar en presencia de Cristo. Hablarle de nuestros íntimos deseos, de las dificultades y problemas, del porvenir; Hablarle de EL de su amor a los hombres, de su amor por cada uno, del amor que te tiene a ti, de su poder de su misericordia, de su gloria.
 Todo esto: recogernos, ofrecernos a Dios, reflexionar, hablar con El, constituye nuestra colaboración a su acción, lo que es necesario poner de nuestra parte y que el obre en nosotros. Sin embargo esa no es la parte esencial de la oración.  
Por eso, precisamente es tan frecuente que nos esforzamos por hacer bien la oración, por reflexionar, por hablar y a pesar de eso nos encontramos secos, se nos escapa la imaginación, y nos distraemos o no le hallamos gusto a la oración. En realidad nosotros solo hemos hecho lo que podíamos (¡y Podemos tan poco!) El señor es quien ha obrado


2.               La meditación Diaria Algunos consejos prácticos

Si queremos llevar en serio una vida cristiana, hemos de insistir en la necesidad de dedicar un tiempo, un rato cada Día a la oración personal.
 El ritmo de oración debe acompañar al mismo ritmo de la vida: Lo mismo que se come, se duerme, se trabaja y se descansa cada día; así cotidianamente, se vuelve uno al Señor Jesús “a fin de que hagamos todas las cosas en su nombre y dando gracias por El al Padre” (Col 3, 17)
 Algunas indicaciones de orden practico no están de más, pues todo lo que es ordenado y va sobre algún carril es mejor, no imaginamos un tren sin vías, o como es de difícil llegar cuando no hay caminos y puentes, así pues debemos tener en cuenta algunos aspectos para y Meditación Diaria.

  1. Lugar de la meditación en nuestra vida
 Duración: cada uno vea, según el tiempo de que se dispone, y el interés personal que le de a este acto. Un mínimo de 15 minutos parece indispensable

Hora: Escoger la más propicia del día, en que no estemos carrereados por las ocupaciones, el horario, cuando el sueño y el cansancio nos agobie, Que esta hora siempre sea la misma y mantenga fija en cuanto sea posible

Lugar: No importa cuál, el templo, el cuarto, la oficina, el medio de transporte, la cocina. Lo importante es que podamos liberarnos de lo que nos rodea.

Estos concejos parecen obvios, pero el fracaso y dificultades en la oración provienen de que no la hemos puesto un Lugar serio y no modificamos nuestras ocupaciones. Cada uno sabrá como hacer para modificar y distribuir su tiempo

2. Hay que preparar la meditación


Antes de la meditación:
 Procuremos pensar (al levantarnos, o al entrar al lugar de la oración) en la oración que vamos a hacer. Decirnos a nosotros mismos:¿Con quién voy a hablar? ¿Qué actitud debo tener? 

Haber preparado con anticipación el tema de la meditación. Si nos servimos de alguna guía, como lo son las Pautas escritas del Verbum Dei, o algún otro esquema que nos de secuencia como los “quince minutos de oración en el hogar”, el evangelio del día etc. Debemos haberlo leído con antelación al momento de meditación. Esto es para llegar dispuestos como quien ha preparado lo relacionado a una conversación personal con un Amigo.
 Una vez que se tiene la oración, nacerá poco a poco a la vida de oración, se establece continuidad en la meditación entre una y otra; las ideas centrales cobran realce; las palabras de o las de los santos llegan a sernos familiares; se ponen de manifiesto el sentido divino de un determinado acontecimiento de la vida, se impone la necesidad de recapacitar delante de Dios sobre determinada situación en que estemos. Esto nos lleva a tener el deseo de valorar y volver sobre el mismo punto, el tema sigue y se piensa de antemano “hoy meditaré tal punto o mañana”. El esmero en preparar la meditación es condición para que salga bien y al reflexionar nos daremos cuenta que tenemos un hábito, EL HABITO DE ORAR.





 













lunes, 20 de enero de 2025

MORIR SE ACABA JOSE LUIS DESCALZO

Abriendo las compuertas de su corazón, José Luis Martín Descalzo confesaba:
“Soñé, a lo largo de mi vida, muchas cosas. Ahora sé que sólo salvaré mi
existencia amando; que los únicos trozos de mi alma que habrán estado
verdaderamente vivos serán aquellos que invertí en querer y ayudar a alguien. ¡Y
he tardado cincuenta años en descubrirlo!”.
Querido lector, te dejamos su testamento:
«Y entonces vio la luz. La luz que entraba
por todas las ventanas de su vida.
Vio que el dolor precipitó la huida
y entendió que la muerte ya no estaba.
Morir sólo es morir. Morir se acaba.
Morir es una hoguera fugitiva.
Es cruzar una puerta a la deriva
y encontrar lo que tanto se buscaba.
Acabar de llorar y hacer preguntas;
ver al Amor sin enigmas ni espejos;
descansar de vivir en la ternura;
tener la paz, la luz, la casa juntas
y hallar, dejando los dolores lejos,
la Noche-luz tras tanta noche oscura».