Vio Jesús a un publicano llamado Leví, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo:
«Sígueme».
Hoy, Jesús, pasas de nuevo por nuestra vida. Tú nos conoces, sabes quiénes somos; conoces nuestras faenas diarias, nuestras preocupaciones, temores, deseos y sueños. Pasas por el lugar donde estamos y nos llamas por nuestro nombre, porque somos preciosos a tus ojos. Pronuncias nuestro nombre porque somos valiosos para ti.
Jesús, así como viste a un publicano llamado Mateo, sentado al mostrador de los impuestos, quizá aburrido de hacer siempre lo mismo, tal vez viviendo sin sentido o con la ambición de tener más riquezas, así también nos miras a nosotros.
Eres Tú quien sales a nuestro encuentro. El encuentro personal contigo es iniciativa tuya; en nosotros es respuesta.
Pero ¿quién eres Tú, Señor, capaz de atraer a este joven que, al escuchar tu voz decir «sígueme», de inmediato se levantó y te siguió?
Qué importante es, en este tiempo de Cuaresma, la actitud de escucha.
Para Mateo, este encuentro lo llevó a tomar una decisión: dejar su pasado y ponerse en camino, en búsqueda de un futuro nuevo.
Él, dejándolo todo, se levantó y lo siguió.
El encuentro contigo, Jesús, no nos deja indiferentes. Nos impulsa a querer que otros también te conozcan. ¡Qué detalle tan hermoso el de este joven al invitarte a su casa y ofrecerte, en tu honor, un gran banquete donde también estaban sus amigos!
Leví ofreció en tu honor un gran banquete en su casa, y estaban a la mesa un gran número de publicanos y otros.
Con una sola palabra —«sígueme»— transformas la vida de Leví, que deja su lugar de intereses para comenzar un camino nuevo.
La conversión nace de una mirada y de una voz que llaman, y se expresa en el gesto de levantarse y compartir la mesa con otros.
Y, a pesar de las murmuraciones, ¡qué libertad la tuya, Jesús, al aceptar la invitación de un pecador! Algo inconcebible para la mentalidad de su tiempo.
Murmuraban los fariseos y sus escribas diciendo a los discípulos de Jesús:
«¿Cómo es que coméis y bebéis con publicanos y pecadores?».
Pero Tú respondes a nuestras preguntas.
Frente a la rigidez de quienes juzgan, te muestras como el único Médico que sana y el Amigo que acoge a los pecadores:
«No necesitan médico los sanos, sino los enfermos.
No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a que se conviertan».
Cuánto te agradezco, Jesús, que te acerques a nuestra vida en la condición en que nos encontremos, sin escandalizarte de nuestra historia; al contrario, vienes a salvarnos.
Gracias porque en este tiempo de Cuaresma, en estos pequeños encuentros diarios, Tú nos vas reconciliando.
Así como entraste en la casa de Mateo, hoy entras en mi casa, convirtiéndola en espacio de misericordia y comunión.
Nos invitas a escuchar tu llamada, a soltar los apegos, a abrir el corazón y reconciliarnos.
No llegamos con méritos, sino con hambre de tu amor, y en esa humildad comienza la verdadera fiesta de la misericordia.
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