Qué bonita es la naturaleza y ver los campos sembrados, llenos de espigas, y una lluvia suave que empapa la tierra. Me imagino ese momento tan entrañable de los discípulos compartiendo con el Maestro, paseando por aquellos campos, sintiéndose libres y felices, y a la vez con deseos de probar aquellas espigas. Tal vez tenían hambre y quisieron saciarse arrancando algunas de ellas, esparcidas por los campos.
Al pasar por aquellos sembrados, los discípulos, calmando sus deseos, comenzaron a arrancar espigas.
Pero esto no estaba bien visto por algunas personas rígidas, como los fariseos, que también pasaban por allí.
Mientras los discípulos mostraban una actitud de disfrute y cercanía con el Maestro, los fariseos observaban con una actitud de juicio, aferrados a leyes y costumbres que no permitían realizar ese gesto en sábado, como arrancar espigas.
Entonces preguntaron al Maestro:
«¿Por qué hacen tus discípulos algo que no está permitido hacer en sábado?»
Y Jesús, con gran libertad frente a la ley, les respondió desde las Escrituras:
«¿No han leído lo que hizo David cuando tuvo necesidad y padecían hambre él y sus compañeros? Entró en la casa de Dios, comió de los panes sagrados —que sólo podían comer los sacerdotes— y también se los dio a sus compañeros».
Luego añadió Jesús:
«El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado.
Y el Hijo del hombre es también Señor del sábado».
Qué bonito es contemplar tu vida, Jesús, y ver cómo caminas y te trasladas de un lugar a otro con tus discípulos. Nunca están solos, porque Tú eres su compañía.
Así también Tú, Jesús, nos acompañas en nuestros caminos diarios: cuando vamos de casa al trabajo, del trabajo a casa, o cuando nos trasladamos a cualquier lugar cotidiano. No vamos solos; Tú eres nuestra compañía.
Qué bonito es saber que en la vida diaria podemos escucharte a través de las personas, de la Eucaristía y de la Palabra. Nos hablas y nos orientas en el camino diario a seguir.
Como dice el papa Francisco:
«Qué difícil es caminar cuando se tiene sed de justicia o se busca un momento de paz en la vida; pero este momento permite disfrutar del agua que sacia la sed y alcanzar un mayor grado de paz, por la simple razón de que no estás solo(a) y siempre tienes compañía».
Jesús quiere que lo reconozcas en cada momento de tu vida, que camines con Él y que lo veas. No temas abrirte a la vida, reconociendo tus fragilidades y, sobre todo, sabiendo que eres una persona amada por Dios. Deja que Él camine contigo y aprende tú también a caminar con Él.
«Detrás de la rigidez hay siempre algo escondido; en muchos casos, una doble vida. Pero también hay algo de enfermedad: cuánto sufren los rígidos cuando son sinceros y se dan cuenta de esto. Sufren porque no logran tener la libertad de los hijos de Dios; no saben cómo caminar en la ley del Señor y no son felices. Y sufren mucho. Así, aunque parezcan buenos porque siguen la ley, detrás hay algo que no los hace buenos: o son malos, o hipócritas, o están enfermos. De todas formas, sufren».
Te pedimos hoy, Jesús, que nos ayudes a caminar contigo, reconociendo tu presencia y viviendo en la libertad de los hijos de Dios, como los discípulos. Líbranos de ser personas rígidas como los fariseos, que se pierden la alegría de compartir contigo, y ayúdanos a reconocerte como el Señor del sábado, porque Tú eres Dios, el Mesías, el Dios que va con nosotros.
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